Eran su voz y su perfume, un contrabando de trucos para
hacerme enamorar. A mis espaldas todo a oscuras, venía su solo yo manipulando
sin querer su propio destino, cayendo sobre el mío . . . Dentro de mi empezaba
a surgir algo, lo venía presintiendo como una ola de adrenalina en la que solo
quería nadar y sumergirme hasta nunca detenerme. Cuando brillaba el día era
porque la ausencia suya caía en desconsuelo, mientras su presencia parecía
acercarse, las cosas empezaban a vibrar y mis pupilas revoltosas quedaban aún
más inquietas.
Me hacía reír y me hacía llorar. Lo tenía todo y al día
siguiente no tenía más nada. Así eramos, casi como el agua y el aceite . . .
pero éramos, y eso era único, eterno e inmutable.
Un par de jeans, unas gafas para el sol, y ya me pertenecías
. . . eras un encanto de principio a fin, sin despedidas y con casuales
desencuentros . . . pero no dejabas de pertenecerme. La cosa más bonita que mis
ojos hubiesen visto estaba justo delante de ellos, la zozobra de cualquiera de
mis torpes movimientos podría arruinar cualquier intento por acercarme, así que
permanecía lejos.
Caía la noche y volvía a aparecer la madrugada, pasando los
días y llegando a un verano marchito. Éste amor se perdía en la noche de los
tiempos, pero era cuando hablaba, que su voz toda esparcida por el aire llegaba
a mis oídos y zucumbían en ellos pétalos de amapola, sueños de amor, desidia y
perlas.
Mi pensar se desgarraba al contemplar tanta belleza en un
solo tono vocal y tanto brillo en una sola canción, su cuerpo se componía en
una sola pieza de música y su voz bailaba como una gran especialista. Mi
perspicacia no ayudaba cuando de ingeniarme se trataba para escapar de ésta
estimulante situación. Volvía a entretenerme su andar, y yo andaba ahí,
buscando el suyo a la par de cualquier casualidad.
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