Otra vez a filosofar, queridísimos señores Nada cuesta cuando tienes un alma curiosa y los pies ansiosos por conocer caminos diferentes. De una u otra manera lo lograría, hubiese pensado en otras épocas, épocas en las cuales era yo diferente, más sencilla, ingenua de conflictos. Era más segura y un poco más kamikaze. Cuanto desearía que esa parte de mi me atrapara ahora. Ahora que necesito filosofar con la seguridad que tanto me caracteriza. ¿Qué me lo prohíbe? Pues, nada, absolutamente nada.
Una pequeña marioneta vestida de traje con moño rojo, se acercó a preguntarme qué sentido tenía vivir, pues, le contesté que no era nada nueva su inquietud, y que el mundo de los seres humanos desde muy tempranas épocas se venía con semejantes interrogantes. Civilizaciones muy primitivas comenzaron con esas cuestiones, intentando explicarlas. Cada quien con sus respuestas, eran creencias que más que con la verdad tenían que ver con mitos y creencias sin fundamentos, existían y desaparecían en la noche de los tiempos, a modo de explicación inmediata de los interrogantes más comunes.
Con el paso del tiempo esas comunidades primitivas, van necesitando fundamentos a esas creencias, por lo que salen a buscar fundamentos firmes más acordes con la realidad que vivían. Éste es el gran paso de la filosofía, el Paso del Mito al Logos, se dejan de lado construcciones de pensamiento mitológico producto de la imaginación por un pensamiento más racional, producto de la razón.
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En los poemas de Homero y Hesíodo,
se narra la situación de
poblaciones agrícola-ganadero, situados en valles, regidos por un monarca
de carácter semi-divino que controlaba el poder.
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