Era
la ley de gravedad misma, abasteciendo de a momentos su capacidad de dar vida,
o quitártela. . . era de prepo la manera en que deslizaba su continuo andar por
mi vida paralela, el lugar era un simple pasillo, poco aparente, de los que
aparecen en cualquier película o filme para ancianos. Habían pasado
desapercibidos por mucho tiempo los sueños del viejo pescador, tibio ensueño en
el lago dorado de reflejos y destellos perlados, hoy era un día cualquiera y
había que saborearlo como tal, con el paladar de un limosnero pedazo de vida
abasteciéndote eso: su capacidad de darte vida . . . o quitártela.
Los
deseos por caer bajo los fierros de la prisión de cualquier vicio masoquista
eran cada vez más fuertes, pero no mas veraces que los espasmos por el ruido
provocado por la estrepitosa mente aullando auxilio en vías de oxigeno llamadas
arterias por seres hasta el momento vanagloriados por una magia llamada rutina,
desasosiego. A eso mis oídos llamaban traición y era más pesado que la lujuria.
La tirria quería caer áspera en mis arrutinados momentos, solitarios. . . pero
no conseguía entrar. Ya agazapando un crucifijo en el pecho amenazaba a demonio
que existiera para que aborrezca de todo movimiento e incluso de su pasado.
Continuando
mi camino por las angostas callejuelas de la ciudad empobrecida de transeúntes
aproximándose las horas de la madrugada inmediatas a lo inhabitable por un
niño, me conducía al bar mas cercano para saciar la ya imperiosa necesidad de tener
un vicio menos por complacer, pensaba en volver y los reproches que me hacía me
hacían alejarme de mi más aún, no tenía con quien ganar, porque perdía conmigo
misma. Era incomprensible, solo vivirlo podía lograr que lo olvide como un asunto
entonces me conducía a ello: a olvidarlo todo por completo donde noches atrás
un sueño extraño de vidrios gastados y espejos de mano rotos funcionaron como
un hechizo relampagueante, podría haber jurado que el destino venía con una
carta briosa, de las que no gusta uno de abrir sin antes saber que posee
dentro.
Las
cuatro menos cuarto me encontraron con un frenesí de locura para regalar y
tirar por la borda antes de que erupcionaran de manera sosegada en cualquiera
de mis maneras, lo que repercutiría en un consecuente malhumor matutino. Conociendo
mis amaneradas formas de actuar como un caballero, quise complacerme en un
intento borrego por buscar un satisfactorio humo que me hizo perder unas
energías que no tenía disponibles, caminé más de la cuenta y encontré solamente
un carro polvoriento que yacía solitario bajo la luna inmensa y radiante que lo
iluminaba todo con su eterna nostalgia y presuntuosa eternidad, esa que lo
llena todo y a la vez deja un vacío tremendo al contemplar; me atreví a mirar por la ventanilla para ver
su interior y asegurarme que no por mudo estaría deshabitado y fue como lo
esperaba, no había nada más que un sombrero oscuro que con la luna entera y
blanca se hacía presentir con un color plata que deslumbraba a mis ojos
grandotes y desorbitados . . . chocando unos reflejos finitos y fuertes con el
cuero del tapizado del respaldo de los asientos. Deduciendo que en mí había mucha menos imaginación que lo que la
vida tenía para ofrecerme, me aparte de ese extraño lugar esperando que lo más
próximo se me presentara en mi vacío camino: adrenalina quizás podría
parecérsele, pero yo lo llamaría ansiedad.
Un
intento fallido más y era hora de ir a descansar, un mundo nuevo intenté
encontrar esta vez fingiendo siempre no estar inventándolo todo y caminé
directo hacia la fuente de la plaza, la pequeña
que tiene delfines y descolorida por el intacto paso del tiempo
desgastándolo todo, queda quieta jactándose de que todo quedase ahí así:
dejándolo todo. Intenté detenerme a por unas mínimas ganas de contemplar, pero
no gozaba de ello, entonces me perdí por el camino que lleva a la arboleda,
después de la caminata más larga que había tenido en el día visualicé por fin a
unos mezquinos doscientos metros la vieja pescadería y al costado izquierdo la
pulpería, la única que haría de mi esa ignominiosa noche, un ser en todo este
mundo que lo único que buscaba era saciar tan solo uno de sus tantos caprichos mundanos.
Fue
aún más fuerte la fuerza del engaño cuando el golpe intrínseco dio con mi cuero
ileso porque no llevaba puesto el paracaídas: llegando al pórtico un señor
fortachón de bigotes oscuros con delantal empolvado y gotas oscuras manchando
su superficie sale con un trapo en la mano en el mismo momento en que mis botas
chocan con la escalera para ascender los seis simples escalones que atravesaran
una única puerta que me haría encontrar el vaso sediento de mi como ningún
mortal lo estaba en este mundo.
Dejándolo
aún mas en claro este señor decidió dirigirse a mi, más allá de una meta
comunicación para adultos en la cual estaba claro que era ya muy tarde y era
hora de dormir: dice Juanjo, el tabernero que la ley seca ha llegado a nuestros
pueblos, y no hay manera de sobornar a los políticos . . . quedaba un poco de
ron, y ha desaparecido. Desolada
una vez más pero esta vez acostumbrada con un peso atroz bajo mis hombros, el
de comprender las desdichas sin rebuscarme rebuznando como un asno en pleno
invierno: ahora tenemos que buscar una coartada, me dije, sosteniendo
nuevamente el ignominioso y reciente momento.
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| L'amour de la vie vous êtes quelqu de très important pour moi |

