Era una mañana gris. De colores pasteles. Lloviznaba y el verde patio todavía reflejaba su inocencia y cuidado. En el tendedero flameaban unos jeans celestes desgastados, eran cuatro, hacían lindo contraste con el verde del pasto y las plantas de mamá. La mañana se presentó nostálgica como muchas otras antes vividas, pero esta traía la tristeza de tener que representar la fortaleza que todo mi ser anhelaba para no caer. Había ya amanecido y nada podía estar mejor, así que era hora de limpiar recuerdos y dar una vez más el brazo a torcer.
Yo no era de esas personas manipuladoras, si nó al contrario. . . era de esas que dejan que viento que sople, sople tan fuerte como pueda, yo era de hacer de ese jinete del tiempo su caballo. . . lo hacía todo al revés, cada vez. Lo que no quiere decir que la preocupación aumentaba, y sabiendo que la honestidad fue siempre una de mis más preciosas virtudes, pues, alegaré que no me preocupaba lo inoportuna que se ponían mis decisiones, cada vez.
Me subí al auto, manejé unos cuantos kilómetros sin sentido, pero siempre mirando atrás.
¿Debía dejarlo? Se merecía que lo abandone, pero mi basto corazón no decía lo mismo, ¡el volvía y revoloteaba en cada célula de organismo! Solo cuando aparecía el colgado de mi mente la inspiración aparecía, y era injusto. Era un juego doloroso al que yo, ya no estaba dispuesta. . . para jugar. Por eso es que aparecía en sueños lo más suave que un mujer pueda imaginar jamás.
Constantemente caía en la desilusión de lo mucho que me quedó por darle. Era una deuda grande que tenía conmigo el hecho de no haber escuchado ni siquiera una sola pieza de música a su par. De no haber bailado y ni siquiera de soportar una luna más. Es que había tanto que quería compartir, que sé. . . se ha esfumado todo, todo como el viento y como el mar.
Siempre en la cima cada vez, cada vez ahí mientras vos estás. ¿Y cuando te vas? cuando te vas invento que ya me fuí, pero son mentiras piadosas donde mi descabellado intento por ocultarme de vos, peca.
