miércoles, 20 de noviembre de 2013

Después

Estoy vivo, sé que tu también. Tu sabes tambien de mi existencia, no me importa. Transcurro mi realidad sin mirarte, sin demostrarte una mínima porción de mi pensar y sin embargo te pienso mucho. Mi cotidianeidad continúa similar a tu monotonía, si titubeo la mirada hacia mis lados, noto tu camino paralelo, me sonrío, también me "estás" mirando, y te sonríes. Pero continúo en mi actividad, me sumo en mis problemas, me escondo en mi guarida y no te veo más, sé que estás, claro (de la misma forma que conoces que estoy allí) escondido en tu guarida. No me gusta que sepas que te miro, revoleo las pupilas cuando me encuentro las tuyas y de soslayo veo que me miras de reojo tras revolear tus ojos nerviosos. Muerdo mis labios de rabia porque la intriga de conocer tu pensar me sume en ansiedad, saber si me piensas como yo lo hago me tranquilizaría y te miro vacilando en preguntarte, pero mientras muerdo, genero dolor corporal para aplacar este otro que me lastima el pecho, me convenzo de que no debe importarme tanto aquello y volteo el rostro, mientras noto (aunque intento aparentar indiferencia) como tu labio sangra a tu mordida mientras me volteas el rostro en indiferencia.

Todo ésto que sinto me hiere, porque me encantaría oír tu voz manifestando la reciprocidad en tu sentir, pero sin embargo no me prestas atención alguna, continuando hacia adelante con perfil alto, como intentando superar algo . . . entonces solo me queda subir la cabeza y avanzar sobre mi camino intentando superar este sentimiento.. . . Ambos caminan en el mismo sentido, en caminos paralelos, pensamientos similares, actitudes parecidas, sentires idénticos . . . "ninguno lo sabe: su arrogancia lo impide".Quien nada arriesga, nada gana.

 
Parecíamos dos irracionales


lunes, 11 de noviembre de 2013

Mascarpone

Mascarpone

Un sueño tras otro resumido en una sábana tendida sobre los pisos, como enterrada en las cienes de la tierra, todo… hasta que te vuelva a encontrar.

Esa cosa que pocas veces viene tan fácil, una chispita que cuando se lo ve venir, desde la nuca se levantan los pelos, y nos hacen sentir inseguros, inseguros… hasta que te encuentre.

Una copa de vino, y ya estabas en mí, no ya en los pensamientos más adecuados, sino en todos, hasta que te encuentro.


Cariño, como a todos los que tienen la desgracia de cruzarse conmigo, desbordaré un inimaginable abanico de premisas que desplieguen de mi imaginación, a la fantasía más indómita y montaraz, indoblegable. La haré hasta hacerla caer en pequeñas muestras de arte sin sentido. Creador y sublime. Ya quiero estar entre tus brazos y verte a dos centímetros de mí, porque si, ¡porqué así! porque no hay nada más hermoso que verte a dos centímetros de mi cuerpo. Soy ingobernable.


(Voy a escribir algo primor, tené cuidado)
Luego recordar que es una carta


Cuando vemos a un hombre sin hogar, un desdichado, muchos de nosotros pensamos instantáneamente que terminó viviendo en la calle porque habrá hecho algo mal en su vida o será una mala persona. Por esa razón, mucha gente no quiere darles dinero ya que piensan que el dinero será usado para comprar bebidas alcohólicas o capaz, que hasta para cosas peores.

¿Porqué es que la gente piensa que estos estereotipos son reales? Yo no tengo la respuesta. Tenía veintipocos años, y lo veía todo desde un cristal inocente, que no buscaba herir a nadie, sino simplemente compartir el más banal de los propósitos: amar. Indómita frecuencia la que me hizo seguir ese montaraz espectáculo, indoblegable. No quise preguntar de donde venía ni adónde iba, señal de que algo marchaba mal. El no era un vagabundo, desde luego que su estilo para vestir me hizo despedazar los hilos de orgullo y la poca cordura que me quedaban atorados para volver a amar a un hombre, desde mi último “desencuentro”. No quise preguntarle nada, ni su edad, ni su nacionalidad. Aunque tenía la certeza de que era argentino. Empezaba el extraño presentimiento de que me estaba “resguardando” las preguntas importantes para más adelante, pero después me di cuenta que eso solo se llama cobardía. No pregunté a donde vivía, tampoco pregunté adonde íbamos porque cada pregunta dicha en un mal momento, o peor aún: mal formulada, puede hacerte perder hasta una guerra, y a veces (muchas veces), es mejor callar. Así que seguí mirando al frente mientras el conducía su automóvil oscuro, y yo tratando de dar la más segura de las impresiones y una impronta de dama fatal, egoísta y superficial me servían de escudo mientras el tratase de investigarme.



Ya era hora de llegar a algún lugar. Éramos prisioneros de la urbanidad y debíamos aislarnos en un techo cómodo. Aunque ambos éramos bichos de ciudad, yo una fina mujer que apenas tocaba con las puntitas de pie el cielo de la noche, él, un malhumorado del mal hablar de los oyentes de una radio local de medio pelo, conducida por algún que otro chantún o borrachín de comienzo de siglo.


Arribamos hasta la entrada de una calle cortada, casi cerca de los suburbios, esos barrios cerca de las trincheras que tienen alambres sobre la cerca y hay casas de ladrillos, donde la basura se amontona durante varios días, donde los gatos silvestres de cuentos de niños si existen, dibujados sobre tejados, aullando a una extraña luna amarilla redonda sobre un cielo azul con humo y… estábamos a un momento del límite: detuve mi vista en la alcantarilla que separaba la calle de la casa para suspender por un momento tanta rapidez con la que se aproximaba el momento. Los brillos del agua me hicieron suspenderme en la más honda de las cúspides por las que deseaba nadar en ese instante, hasta que traspasar la verja me hizo sentir que estaba nuevamente ahí, en el hechizo, hechizada. Paralizada.

Entonces sonaba al swing de Un cobarde volviéndose salvaje en el estéreo, quisieron quedar pegadas a mí las melodías del perdedor volviéndose un salvaje, hasta que cuando estaba en el punto más alto de la cúspide de encanto, él apagó el estéreo y abrió su portón mecánico con un aparatito manual con el que controlaba toda la seguridad de la casa, incluidas alarmas y alambrado eléctrico.-
Al ver su extraño aparatezco bromeó acerca de la seguridad de su casa, con la doble excusa no solo de manifestarme que esa era su morada, y que allí era el lugar que habíamos encontrado para resguardarnos de esa tanta urbanidad, sino con la certeza de que era un hombre en extremo calculador, y me lo estaba haciendo conocer, aunque el preferiría llamarlo “del tipo práctico”.



Vivía solo. Yo intenté hacerme la valiente haciendo un comentario sobre la soledad, que en gran medida era verídico de mi puesto de batalla, pues pasaba grandes porciones de tiempo a solas, y no me molestaba en absoluto, incluso las veces que pasaba el tiempo con la gente percibía que estaba perdiéndolo. Quise quedar como algún tipo de gran cosa con ese comentario inaudito, y solo sirvió para que me contradiga: "la soledad no es buena, el solitario va quedando avaro, mezquino, el solitario no sabe compartir", aseguró. Hubo un quiebre. Yo me doblegué para seguir en la misma sintonía. Se parecía cada vez más a esos viajes a través del tiempo que abren las puertas a la posibilidad de gemelos malvados. Donde el clon maldito viene a complicar la vida, el amor, la existencia. Pero además, es un vocablo alemán  Doppelgänger que denomina a estos seres salidos del mismo espejo de la casa del dueño. Un gemelo malvado es idéntico a uno, en todos los aspectos, excepto por una cosa: tiene tu moral invertida. Doble andante o doble fantasmagórico, de una persona viva. "Es aquel que camina al lado". En leyendas nórdicas o germanas, era un augurio de muerte, pero en mi lecho de paz y ectasis, él era mi otra mitad, era lo único que me separaba de los bárbaros, persas, nórdicos o sureños, que me importaba a mi. Yo quería una parcela del tamaño que mi cuerpo en comodidad horizontal junto a ese mi gemelo malvado, que tenía mi moral invertida.


 En mi memoria atestada de recuerdos había una habitación color ambarino, tenía como adornos amuletos en plata de siglo pasado que solían servir para llamar la atención a los invitados recién llegados al lugar, eran cosas de valor, ciertamente. Luego de rebotar nuestra vista rápidamente sobre cosas sin importancia en la habitación como paredes, muebles y algunas pinturas, las pupilas errantes de lugar en lugar, al sentirse prácticamente intimidadas ante artículos de cierta riqueza, sin querer mostrar un interés demasiado desmesurado hacia tantas cosas costosas, y mostrando el equilibrio necesario, para no dejarlas pasar desapercibidas, cual incipiente no conociere la historia y los tesoros de valor. Un bastón de siglo XIX supo servir de punto aparte para nuestra visita a ese lugar, me mostró un tubo fino, largo y oscuro, que sacó desde la oscuridad, yo intuía que estaba bastante escondido, o me llamó la atención la extraña dosis de “miedo” que poseía la situación de antemano, al esconder en un lugar así una cosa de tal valor. Yo no había visto nunca un bastón de caballero, solo en las películas como la mayoría de la gente común, que ya intuye que son cosas caras, pero sobre todo, que tienen una historia detrás. Me explicó, en su juego de palabras precisas, que éste no era un bastón común, me insinúo que lo agarre, y cuando lo hice, me contempló con los dos ojos bien abiertos, diciendo en un solo susto: ¡con cuidado! Sigilosamente lo tomé por la parte superior, y el procedió a contarme que el mismo elemento que yo estaba sosteniendo, había sido usado por los civiles hacían cientos de años, en tiempos donde el leviatán no era cosa  seria para tomar en la vida del ilustre ciudadano de la época, y que debía de protegerse con un símbolo de poder, como éste. Recordé que el rey Enrique octavo, se retrataba con un bastón en la mano, porque esto le daba dignidad.

Será que era este el afán de mi interlocutor en esa morada para con una pieza antigua tan valiosa y dotada de tanta historia, me pregunté al instante en que despuntó su inverosímil armadura, y escondí mi profunda mueca risueña de descortés ironía.


 Al cabo de unas escaleras de pocos peldaños una pieza de vajilla de plata hacía de adorno al lado de una estatuilla modelada a mano, yo no tenía aún ninguno de mis conocimientos en arte adquiridos años más tarde en la universidad, pero supe notarla modelada por el perfecto desarrollo sensual del desenvolvimiento del cuerpo en la estática figurilla femenina, que parece una bailarina, a pesar de estar inmóvil, una pieza que me robó toda mi atención, ya que encontré allí una trampa de la vida: como una estatuilla, se halla en un espacio ingenuamente inmóvil, y al ojo del receptor, se transforma casi en un segundo, en un ente lleno de movimiento y vida. La quietud se separa por un momento de la materia, y se hace arte.


El me vio entretenida demasiado tiempo, e hizo lo que hacía siempre, cada vez que me veía entretenida con algo que me apasionaba: se frotó los ojos y tuvo una mueca de sobre aburrimiento, como queriendo pasar a otra cosa, como cuando un alumno no sabe la lección, y el profesor empieza a darse cuenta de que está perdiendo su tiempo. Casi como una chiquilla, sopesando la resistencia que podría albergar al caso, y la poca resiliencia de mi co-ciudadano ilustre, decidí serle recíproca aunque quería seguir intentando descifrar más cosas del mundo de las esculturas y de las artes, pero recordé lo que es básico, no fuimos ahí para eso, no lo pensé más y me lancé a cual sea la próxima cosa que me estaba por revelar, mostrar o contar, todo lo que provenía de mi exterior en ese momento era como un constante “lujoso cinema”,  caminó con ese su paso firme, que todavía recuerdo su andar, y me tomó por los hombros, hizo una especie de introspección como buscando qué era lo que me quería mostrar, y buscó en su rostro la expresión que más se le parezca a “¡Ah, sí! ¡Pero claro!” cual infortunio reciente que nos había puesto en situación embarazosa fue soso, superficial y e incómodo innecesariamente.



Terminando de subir los peldaños los espacios eran grandes, pero los objetos  eran precisos: cada uno bien puesto y de gran valor estético, dotaban de cierta carga energética al lugar, pero carecían de toda vida, tal como esos objetos quietos que guardan el máximo de los silencios impregnando respeto a cualquier escalón que se vaya subiendo en esa tempestad, como utensilios esperando en un sótano lleno de polvo. Cerca del lavabo dos vertientes de agua de donde emanaba también una especie de fulgor cual vapor fuera embelleciendo esa parte de metro cuadrado, llenando los pulmones con azafrán y perlas de las bellas damas de Beni-Mora, pueblito de no más de dos hectáreas al sur del atrapante Sahara. Esa fuente mística me hizo cerrar los ojos, y terminar el replanteo consiente que mediante tanto disimulo estaba haciendo a través de los objetos que veía y analizaba.


En el espejo del lavabo unas infantiles regaderas como juguetitos, de ornamento  cargaban  unas florecitas y piedras pequeñas de colores diferentes y casi transparentes con las que hacían juego las cortinas del ventanal de la espaciosa habitación, desde afuera se hacían ver mucho más pálidas de lo que eran y, esas cortinas alimonadas con el piso de color cielo, convertían a la escena en una incomparable mesura entre calidez y frialdad, cual un degradado fuera pasando de colores en tonos totalmente imperceptibles los unos de los otros a la vista. Un engaño tal vez, trampas de la mente. Es que no logro entender por qué desde dentro todo se ve tan diferente, incluso con el mismo par de ojos, todo sería diferente. El vecino nunca lo sabría.


Desearía quizás manipular algunas de esas notas que quizás tu bien sabes mantener, mantener. Como a caudal en cual todo lo que fluye es rigor como el mío.... amor. Sábeme bien.

Tu suplemento es el mío ya no podemos ni siquiera escapar, sos mío como el paraíso a las olas del calor.... siento su cuerpo como si fuera el mío realmente y se siente tan bien, como el mismísimo  paraíso.

Entre las idas y vueltas y entre los silencios y las palabras retenidas benditamente resueltas te pregunté adónde te habías metido la noche del sábado del 14 de julio de 1.964. Te pregunté como si el tiempo fuera excusa si habías completado la noche en busca de alguien más, y sin material para exponerme te me fuiste de las manos. Hubo gente que contestó mal, vaya que la hubo. Pero vos, vos me respondiste como nadie hasta ahora. Esta carta podrá decirlo.
Porque, Cariño, como a todos los que tienen la desgracia de cruzarse conmigo, desbordaré un inimaginable abanico de premisas que desplieguen de mi imaginación, a la fantasía más indómita y montaraz, indoblegable.




Martes, Septiembre 19-.

Se viene la elección de los partidos que nos gobernarán por algún tiempo y seguirán escribiendo la historia de nuestro país, incumbencia absoluta de nuestras rutinas y quehaceres durante algunas décadas quizás las próximas y significantes cuarenta siguientes. Sin hacer mucho, me voy deslizando sobre mis propias piernas, camino a la facultad de humanidades, por las veredas esquivo algunos borrachines; errónea acción y papel jugado para el tema del discurso político, cruzar esa vereda cuasi groseramente cambiando de calle, miro, veo, leo, camino aún… me distraigo de lo que me perturba, ni distingo de colores, partidos ni consignas, hay pancartas por todos lados, he escuchado mil versiones de cómo hacer las cosas y las llevo recopiladas, como un álbum familiar, hasta encontrar quien pueda narrarlo como yo realmente lo desearía.

Al hacer referencia a la necesidad de hacer, me refiero a crear, por extensión me refiero a la necesidad de inventar otras formas de hacer las cosas. Al igual que en el amor, he buscado siempre a aquél que las haga, como yo lo desearía.



Y me respondiste como nadie esa mañana mientras hacíamos un viajecito corto en coche, mientras soñábamos con el silbar de las gaviotas y el viento en la cara con un viaje poco más largo que desembocaría en el mar, contiguo al puente de los candados; la promesa de visitar Europa luego de dos estratégicos años al cambio de gobierno que proponías… sueños pautados luego de una noche sin dormir, con olor al último cigarrillo aún en la boca mezclada con el sabor a café azucarado y a la pasta dental utilizada para higienizarse al partir, sueños acumulados entre dos de cara a la vida que nos brindaba tantas ilusiones y tantas barreras, tantos sueños cerca del mediodía mientras el sol rajaba las polleras de las mujeres morochas, rubias y pelirrojas que pasaban por las calles cada que teníamos que detenernos, era menester la impresión: tenía que brillar un rayo del sol sobre algún cabello, sobre el cuero de algún tajo o zapato de mujer, cada chispa iluminaba la mueca del destino: la seña, una “marca” identificatoria, que sirva de eslabón para unir toda la cadena… para descubrir la verdad, como si me estuviese convirtiendo en Holmes, y por consiguiente, la vida me estuviera ocultando algo. Esa marca identificatoria bajo ese sol de diciembre que quema las pieles hasta hacerlas “brillar”. Me contaste que estabas de un lado, a quién le importa cuál, con el que marchaste y llegaste. Hasta incluso hiciste lo que desde acá, desde mi distancia soñé con fuerzas: cruzaste líneas para ver desde allá y desde acá lo que ocurría. Cruzaste líneas para comprobar el estado físico de los amigos en ambas trincheras. Todo para estar vivo, eso me vacilaste.


  Me quedé callada. Tanta ilustración de la probable hecatombe, que se me estaba escollando en el pecho, estaba inmortalizándome al punto de desmoralizarme. Quería hacer arder al maldito verano que se agolpaba por destruir mis sueños y mis pocas ventajas de señorita.
Más mujeres aparecían y el piano del Señor, solo seguía llorando su llegada de la noche. Pudieron ser las que sea, porque nadie mide y las fotografías podían resultar demasiado intencionales, ya la seña estaba impresa en la mente, reservadas la videografía y filmografía, ¿para qué? más servicio privado que un sancocho de domingo.


 No acoté nada a esa lección de vida que intentaba darme el “buen señor”. Quizá porque sólo he hablado con gente que cree pertenecer a un solo lado del conflicto, gente que cree que sólo hay una manera de ver y sentir al país. Vos fuiste un poco más allá. Cruzaste las líneas de ida y vuelta porque tejes y tejes fino, porque bordas con el hilo una bandera hermosa por la que nadie se pelearía. Esas líneas de barreras, que algunos ven como murallas y nosotros vemos como la cuerda floja donde se equilibran las tensiones que nos atormentan. Un sueño que pudiera bien hacerse verdad. Seguían cruzando por la calle frente al coche amontonadas "las líneas finas" en las que también se tejen combinaciones irreales entre ambición, libido, paz, lealtad y deslealtad. Los animalitos silvestres trepando los tejados a toda hora y las hormonas acoplándose para que parezca menos doloroso. A todo esto ya era inconducente, como dijiste vos, inconducente la idea de una marca más, juntos. Cada marca se iba materializando como dije en mi memoria y las constantes subestimaciones que venían desde afuera de los vidrios (que “no se limpian con las manos”, porque eso era trabajo del limpiaparabrisas –evidencia esta situación que no lo usabas) eran contraste al paraíso que me contaminaba y me ponía de espaldas al vidrio haciéndome ver una oscura habitación. 





Hay que votarlos en contra esta vez, me dijiste. Y me mostré en la absoluta sumisión permitiendo siempre el talento del diálogo y te conocí tanto por el precio del silencio. Por supuesto que tenía mi visión y nunca la mostré, por el precio del silencio. Las decisiones políticas de un país no son cuestión de las que reniegue una señorita de veintitrés años. Pero en mi arresto de emociones, antes de descender al escalón de los tapujos, quise decirte que los números estaban servidos, aunque los resultados pudieran variar, el número concreto pocas veces se estima porque a nadie le ha interesado sincerar las cosas, porque a ningún medio le ha interesado un relato cercano a la precisión.



Te quedaste pasmado. Vi tus dedos inmóviles y con ganas de moverse, ya te picaban los ojos y por no acometer esa inquieta, infantil e insegura manía en ese momento, no te frotaste los ojos, aunque comenzaban a picarte las cejas y la parte superior de la nariz. Esquivaste la mirada que la tenías ensimismada en la charla, y sobre el movimiento andaluz de tus ojos, apareció al mismo tiempo en que clavaste la mirada fija a una muchacha de rasgos indígena, que se paseaba con una falda corta y sandalias de tiras rotas, sus pies estaban sucios, pero la mugre era fervor a los ojos de un hombre pulcro, quien si no tiene nada que limpiar, no encuentra la pureza. Dialéctica extraña para juzgar a alguien de un puñetazo. Y estamos votando en contra, sugeriste. Yo escapé de mis tapujos y del silenciador que le puse a mis emociones, y recordé la frialdad de mis antepasados anglosajones, la postura perfecta para salir ilesa: la ingenuidad.



La seña para no ser tocada, un detalle que en cuatro años de recopilación nadie me había relatado. El hombre que conocía las historias que se pierden en la noche de los pueblos, y las transmite ahí, justamente ahí en el anidado de tu pecho que contiene el aliento que le da la vida para desparramar sus palabras que vienen como caudal magnífico de su mente. Una dualidad perfecta entre la unión que se puede dar al situar hombre y mujer, y sin decir más.




Los días se mancharon de un satinado oscuro sobre el telón y se pintaron para jugar a la complejidad que ahora nos agobia y nos apasiona.
Soy hija de las armas y he decidido ser hija del fuego, que no corrompa en ti esa idea apacible de verme tonta. Ingenua.  He sido demasiado mundana durante toda mi vida que cuando estoy entre esos tus brazos me siento hechizada criatura. Seré en el nombre del cielo una flor que permita caricia y suspiro. Ya no deseo si no hay deseo, me desvivo por el arte de buscar la verdad.
Debo pedirte disculpas, pero mi ausencia y mi desgracia por vivir en el interior del país me obliga a reconstruirme en cuentos ajenos las cosas que han marcado a este país, como esa fecha horrible de rupturas, excesos, locuras, gritos y silencios.


Después de un postre de mascarpone, he recordado en un viejo restaurante lo odiosos de esos aullidos lúgubres que han derrotado a los nuestros ya sin fuerzas, habiendo tenido fuerzas. Eso me descifra, descifra mi dolor y me desnuda completa. Me deja con las armas en el suelo.


He odiado por días interminables el agobiante sonido de la noche llegar y he acentuado ese odio crudo aún más... por las mañanas. El cantar de las aves ha hecho de mí un salvaje y la poca tolerancia con la que deslizo mi devenir hacia esta inmunda cotidianidad me hace menos hacia la naturaleza. La naturaleza misma de las cosas. De esas cosas que vos bien sabías, y ahora anidan en la más tenebrosa de las abstenciones. Tengo atravesados en nudos de la cabeza, corazón y garganta muchas historias de esos días. Ya aquellos días. Muerte y dolor. Los hijos de la Patria. Rojos y carmín, carmesí. Pero se me atraganta en la yugular uno de los tonos de tu voz, oh, esa tu voz! Y mis armas se caen al suelo.

El premio no es para uno solo, te dije. Y me respondiste como nadie, cariño. No es simplemente el hecho de tu sonido, es la zozobra ilusoria en la que hace desvariar hasta la última de las moléculas que me componen. Soy una triste canción, y el ritmo es orientado hacia un juego reiterativo. Seré un bolero falaz y si me lo propusiera seré silencio capaz, se me remunera el cuerpo si invento nuevamente una tregua para mi muchacha.

Pero te pregunté y me respondiste como nadie, cariño. Vos estuviste allí, muy cerca del fuego y la sangre… estuviste tan cerca de mi sangre, la absorbiste, te llenaste de ella como un vampiro y te alimentaste de mis energías. Vaya que lo notaba porque al dejarme tu o abandonarte yo, estudiaba mi organismo y analizaba como la sangre fluctuaba oscilante desde las plantas de mis pies a la cúspide mi cuerpo. Y no sabes lo que me produjo en los ojos, mis ojos se apagaron. Revolví en la noche un apagón que hizo un show de crimen donde pensé amarte cuando aún no lo hice. El amor es cosa de los pobres corazones, y sumisa intenté creerte amar. Entre esa tu voz has dicho palabras que lastiman y alejan. No te des por vencido que no matarías a un solo pez en este océano, yo seré mar mientras vos seas tierra, pero mis armas están escondidas en el subsuelo de mi olvido, donde doblegué mi alma me equivoqué para vivir una historia más cada vez, y la batalla final será cuando ya no puedas herir.


Soy una extraña romántica, lo siento. Me tembló el pulso reconocer una marca identificatoria. Creí ver en tu interior una bandera hermosa, esa en la que se hilan los colores que escriben mi memoria y sacuden mi alma de amor y delirio. Los hilos del equilibrio en los que se teje la mesura de las decisiones. De cada decisión desde los silencios y las cosas simples y más insignificantes. Esas tus decisiones, yo las conocía todas. Antes de enamorarme de ti quizás yo las estaba amando a ellas, yo conocí esa marca identificatoria y de ella me enamoré. De tu incluso mundana cabeza y me tembló el pulso al reconocerme en tus pupilas, me vi y me noté con pocos segundos cuerdos de vida.



En ese momento no temblé realmente pensándote, sino algunas madrugadas después cuando revisaba fotos y escritos sobre esos días. Luego, para acentuar el horror, reparé en dos chicos brillantes de sudor de tés tostada y reluciente bajo el sol, contando entre bloqueos y murmuraciones buscando el batacazo final, me sacudí cómo te zumbó el plomo de cerca. Ambos tenían rayas de labial en el rostro. Fue allí que me estremecí con el poco miedo que en ocasiones me aborda. La seña del libertinaje, de la no lealtad. Tres peines en una habitación para dos. El tango no se baila de a tres y un arete pendiendo de un cabello rubio al costado de la sábana tendida sobre los pisos, como enterrada en las cienes de la tierra.



 Corriste el riesgo de cruzar barreras y ganaste una carrera contra la incomprensión que nos divide en buenos y malos. Eso eras vos. Y ese era el premio que había por ser como vos. Me respondiste como nadie, cariño, cuando te pregunté qué ganaba yo al darte un voto de confianza, al amarte, al votarte y al enredarme con tu corazón: Me dijiste que no había premio realmente, que eso era todo.


Tal vez sea retorcido o esté lejos de la razón, pero me gustó algo de vos y me hiciste mucha más falta, aunque no te conociera entonces. Lo viví desde tu presencia y lo volví a revivir desde tu ausencia. Me desviví por vos. Esas tus decisiones tan parecidas a las que el gentío acomete a la hora de decidir en una oscura habitación, en el cuarto oscuro. He de encontrar un parecido entre ellas y conocerte: cualquiera de ambas se parece a una relación de amor, algunos pierden y otros ganan, pero tu me respondiste como nadie: Hay que votarlos en contra, y yo no puedo ir en contra de mis fuerzas, de mi espacio para amar, y para armarme. Sería como dejar de amarte, y mi elección está primero. Vos dijiste que no había premio realmente. Y yo, yo soy ingobernable, mi corazón es mudo, soy “inconquistable”. Algunas luces atraviesan mis pupilas y observo en el reloj que es hora de dormir.


Por eso espero que llegue a su doble destino esta carta de amor a tus marcas, porque sin ellas quién sabe si hubiese conocido la realidad de hoy, la verdad,  el mejor refugio para la paz del inquieto. Es inevitable esta correspondencia. Amarte es más fuerte que un golpe de Estado o un vacío de poder. Mis elecciones siempre estuvieron primero, cuando amarte no era una opción.




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Pd: Aléjate de las cifras infladas que dirán “quien la tiene más grande” o esas viejas mujeres gordas seductoras que creen saberlo todo saboteando la suerte del hombre bueno y quienes creen en la existencia del gentío. La muchedumbre poco tiene para ofrecer cuando dos almas se saben conocerse al precio del silencio y de la derrota. La política nos corroe desde cualquiera de nuestras vísceras. Si usted quiere saber qué dice una mujer, no la escuche: mírela.






miércoles, 1 de mayo de 2013

Akelarre

Caballero Santino, el afortunado, dejó atrás toda su estructura de letrado, escritor de tristezas raquíticas culpas de un panorama dilatado. Convirtióse en pupilas animales, espantosamente gigantes, una apología cualquiera del terror, que se abanica con la avaricia, buceo constante, una suerte de trineo mecánico para así hallar una veloz escapatoria.

Dicen que su historia toda fue pura blasfemia, pero ahora eso qué importa, si hoy son menciones olvidadas.

Yo no creo que su obra sea simulada, en su gran cuento del rábano gigante jugaba a las damas con sirenas belicosas, guerreras de la luna. Les puso nombre y un lascivo espaldar a cada una, adornándolos con despampanantes lentejuelas de oro y naranja chillón que lucieron bien en un carnaval para pobres. Ellas enojadas por el fin del lujo y la vergüenza, escaparon en millas nómadas a planetas desocupados, y él se volvió golondrina para ir a buscarlas. Persigue eterno sobre un azul cobalto su viaje, pero la intriga sigue siendo la misma y volando sabe, hoy en su molino hay más viento que nunca.


El cafetero ya no vive, solo sueña y mientras despierta ya no vuela, aterriza mundano empedernido por la TV, rodeado por carteles de madera pintados en colores pasteles e insignias de gente que no conoce mientras se conduce sobre el asfalto.



Esos tiempos en tiempos pasados se han convertido








 

sábado, 27 de abril de 2013

Una Tregua Para mi Muchacha



Era la ley de gravedad misma, abasteciendo de a momentos su capacidad de dar vida, o quitártela. . . era de prepo la manera en que deslizaba su continuo andar por mi vida paralela, el lugar era un simple pasillo, poco aparente, de los que aparecen en cualquier película o filme para ancianos. Habían pasado desapercibidos por mucho tiempo los sueños del viejo pescador, tibio ensueño en el lago dorado de reflejos y destellos perlados, hoy era un día cualquiera y había que saborearlo como tal, con el paladar de un limosnero pedazo de vida abasteciéndote eso: su capacidad de darte vida . . . o quitártela.

Los deseos por caer bajo los fierros de la prisión de cualquier vicio masoquista eran cada vez más fuertes, pero no mas veraces que los espasmos por el ruido provocado por la estrepitosa mente aullando auxilio en vías de oxigeno llamadas arterias por seres hasta el momento vanagloriados por una magia llamada rutina, desasosiego. A eso mis oídos llamaban traición y era más pesado que la lujuria. La tirria quería caer áspera en mis arrutinados momentos, solitarios. . . pero no conseguía entrar. Ya agazapando un crucifijo en el pecho amenazaba a demonio que existiera para que aborrezca de todo movimiento e incluso de su pasado. 

Continuando mi camino por las angostas callejuelas de la ciudad empobrecida de transeúntes aproximándose las horas de la madrugada inmediatas a lo inhabitable por un niño, me conducía al bar mas cercano para saciar la ya imperiosa necesidad de tener un vicio menos por complacer, pensaba en volver y los reproches que me hacía me hacían alejarme de mi más aún, no tenía con quien ganar, porque perdía conmigo misma. Era incomprensible, solo vivirlo podía lograr que lo olvide como un asunto entonces me conducía a ello: a olvidarlo todo por completo donde noches atrás un sueño extraño de vidrios gastados y espejos de mano rotos funcionaron como un hechizo relampagueante, podría haber jurado que el destino venía con una carta briosa, de las que no gusta uno de abrir sin antes saber que posee dentro.

Las cuatro menos cuarto me encontraron con un frenesí de locura para regalar y tirar por la borda antes de que erupcionaran de manera sosegada en cualquiera de mis maneras, lo que repercutiría en un consecuente malhumor matutino. Conociendo mis amaneradas formas de actuar como un caballero, quise complacerme en un intento borrego por buscar un satisfactorio humo que me hizo perder unas energías que no tenía disponibles, caminé más de la cuenta y encontré solamente un carro polvoriento que yacía solitario bajo la luna inmensa y radiante que lo iluminaba todo con su eterna nostalgia y presuntuosa eternidad, esa que lo llena todo y a la vez deja un vacío tremendo al contemplar;  me atreví a mirar por la ventanilla para ver su interior y asegurarme que no por mudo estaría deshabitado y fue como lo esperaba, no había nada más que un sombrero oscuro que con la luna entera y blanca se hacía presentir con un color plata que deslumbraba a mis ojos grandotes y desorbitados . . . chocando unos reflejos finitos y fuertes con el cuero del tapizado del respaldo de los asientos. Deduciendo que en mí  había mucha menos imaginación que lo que la vida tenía para ofrecerme, me aparte de ese extraño lugar esperando que lo más próximo se me presentara en mi vacío camino: adrenalina quizás podría parecérsele, pero yo lo llamaría ansiedad.

Un intento fallido más y era hora de ir a descansar, un mundo nuevo intenté encontrar esta vez fingiendo siempre no estar inventándolo todo y caminé directo hacia la fuente de la plaza, la pequeña  que tiene delfines y descolorida por el intacto paso del tiempo desgastándolo todo, queda quieta jactándose de que todo quedase ahí así: dejándolo todo. Intenté detenerme a por unas mínimas ganas de contemplar, pero no gozaba de ello, entonces me perdí por el camino que lleva a la arboleda, después de la caminata más larga que había tenido en el día visualicé por fin a unos mezquinos doscientos metros la vieja pescadería y al costado izquierdo la pulpería, la única que haría de mi esa ignominiosa noche, un ser en todo este mundo que lo único que buscaba era saciar tan solo uno de sus tantos caprichos mundanos.

Fue aún más fuerte la fuerza del engaño cuando el golpe intrínseco dio con mi cuero ileso porque no llevaba puesto el paracaídas: llegando al pórtico un señor fortachón de bigotes oscuros con delantal empolvado y gotas oscuras manchando su superficie sale con un trapo en la mano en el mismo momento en que mis botas chocan con la escalera para ascender los seis simples escalones que atravesaran una única puerta que me haría encontrar el vaso sediento de mi como ningún mortal lo estaba en este mundo.

Dejándolo aún mas en claro este señor decidió dirigirse a mi, más allá de una meta comunicación para adultos en la cual estaba claro que era ya muy tarde y era hora de dormir: dice Juanjo, el tabernero que la ley seca ha llegado a nuestros pueblos, y no hay manera de sobornar a los políticos . . . quedaba un poco de ron, y ha desaparecido. Desolada una vez más pero esta vez acostumbrada con un peso atroz bajo mis hombros, el de comprender las desdichas sin rebuscarme rebuznando como un asno en pleno invierno: ahora tenemos que buscar una coartada, me dije, sosteniendo nuevamente el ignominioso y reciente momento.

L'amour de la vie
vous êtes quelqu de très
important pour moi


lunes, 1 de abril de 2013

El mundo de los Humildes


Él era para mi el rey del mundo
y no había una mínima posibilidad de que
alguien me lo contradiga

Me da vergüenza
 y no sé si decírtelo
Si se me nota,
 no levanto la mirada
y me derrito si te tengo cara a cara
si te encuentro a solas vuelvo, 
a creer en Dios


Es que me mata tu ausencia
y haberte querido tanto
porque el recuerdo no es real
estemos 
juntos otra vez 

lunes, 2 de julio de 2012

Stars


Había bastado la sobremesa ya hacían unos cuantos vasos de vino. Ella manipulaba una copa espesa dando besos a la luna mientras vestía un vestido de voile estampado con entalle en la cintura. Él, sospechaba que su actitud era lo suficientemente justa pero lo espantosamente verdadera como para alejarla, a ella, distante y apasionada.

Bajo los pies temblorosos de ambos, una alfombra color bordó con estrafalario decorativo rococó promovía aún más la espantosa escena de una pareja que nada tenía que ver con lo normal.

Lo normal es relativo, dijo el. Y ella sonrió acomodando una mueca de irresistible encanto. Su cabello transmitía los rayos de luz que la habitación mezquinaba, y la sonrisa de él, apaciguaba la terquedad y la soberbia cargada de ese ambiente efímero y salvajemente suave.

Ella provenía de una familia de tipo común, tenía un padre del cual había heredado algún que otro propósito de vida, como la moral o como el cuidado hacia las normas de tránsito. . . y una madre de la que no había calcado parecido alguno; sus gestos físicos podrían ser quizás opuestos y ni siquiera sus gesticulaciones podrían acercárseles a las de una dama con acento presuntuoso, sus rasgos no eran en absoluto pares y es que ella no había sido genéticamente parecida, de no ser por el caminar . . . la manera de deslizar su andar por los suelos de sus tierras y esa manera altiva de recorrer los caminos ajenos, era lo único, pero lo único, que había de tener de parentezco.

De él no podíamos arrancar una sola frase sin decir quizás. Era tan poco probable pero altamente capaz. Dudar de todo. Titubear. Con él nada parecía coordinar. Era tan fuera de lo común. Estaba más cerca de lo que vive una persona dentro de un cinema o bajo una parra en algún domingo de septiembre, bajo lluvia de flores, que todo escapaba a los sentidos, y por ende, a la razón. Fluctuaban entre el desasosiego del artista y la calma del que no siente nada, emociones somnolientas de madrugada, en medio de una estela de paz satírica y fugaz fascinación. . .era temprano siempre, pero la luna sangraba su último camuflaje y brillaba a través de ese cabello, prometiendo que quizás, y sin que nadie  necesariamente lo advirtiese, el tiempo era lo que hacía posible cada posibilidad de lo tangible, cada sonido, cada temblor. Sobre los hombros de él, ella cargaba una rica pasión, tormentosa de besos y química para regalar.

Ambos provenían de un lejano país comunista con políticas lo suficientemente radicales como para no caer en un existencialismo fatal, el del abismo atiborrado de espacios morados donde abanicar una selección de armas de fuego, en ligas de terciopelo blanco balanceadas por el susurro del viento en el balcón de corrientes, el del departamento de la abuela, herencia única de familia, y perfecto lugar de placer para dos personas de no mas de tres décadas de edad, en la cual una condescendiente brisa sería todo lo necesario para arrancar amando la mañana que en vida efímera se había convertido hacia ya unos momentos atrás  en los cuales las ultimas estrellas renegadas habían dejado de habitar el paisaje nocturno que había de esfumarse paralizando el cielo en un celeste fresco, con aromas de frutos de bosque y jungla, como las tan parecidas moras mojadas por el rocío que la madrugada había esbozado con tanta naturaleza encima. . .  no había tiempo para fatalismos ni para decir amor, era momento de limones amargos y sabor a algodón  pero teniendo dentro la paz, y la sobriedad de un amor que de costado estaba siempre fijo, ya no habían momentos morados, ni para el loco de amor. . . el del que lo deja todo por un solo momento más. Estaban los dos solos y había que inventar la vida del modo que los poros de ambos seres lo permitiesen . . . se durmieron olvidando la mañana. . . Mientras ella escondía tras de su quietud la lealtad, y él hacía un ritual con su voz, disfrazando el lugar con un terciopelo metálico, del color del hielo pero más tibio que eso.





No llevo puesto paracaídas. ¿Vos? 
¿Cuánto tiempo esperás para venir a buscar lo que es tuyo? 
Tal vez, no sea tuyo en realidad.

viernes, 8 de junio de 2012

La Rata


Adentro de la fábrica había un silencio. Las voces todavía apagadas resoplaban por los polvorientos pisos del lugar. Sabanas deshilachadas flameaban con una brisa quejosa de viento norte, desgarrándose sobre las sillas intactas y quietas. Entre grisáceos y pasteles se dilucidaban la tela de araña incrustada sobre restos de sustancias sobre las paredes, y el chillar de alguna que otra rata molesta, inmiscuida en lo más mínimo de cada porción de ese lugar.

Hubiera jurado que veía lúcidamente nuestro destino: una mesa redonda de medianoche jugar póker. Acompañados por interminable whiskey, humos y mucho oro. Por las paredes verde musgo, discos de vinilo acompañarían el adornado, junto a cuadros enmarcados en madera rústica, una foto muy antigua y una lámpara colgante. Un tocadiscos de los años sesenta haría la cortina de fondo de cualquiera de nuestros encuentros.
Una sombra negra apareció repentinamente, era grande y pesada. No se habían escuchado ruidos previos pero como nunca tardaba él en llegar, no me preocupé. Era, como lo sospechaba, él. Cuando llegaba era rápido en cualquiera de sus actividades, apurado y alborotado. Nada sobrio pero sincero, sincero al punto en que la honestidad molesta y hace ruido.


Después de sentarse la chaqueta era lo primero que despojaba de su cuerpo para apoyarla en el respaldo de una silla de madera sobre la que se sentaría durante toda la noche. Se acomodaba apoyando los codos sobre la mesa al costado de su juego contando sus fichas en un reojo embustero detrás de  su intento ingenuo en que nadie lo notara, dilucidando su panorama de juego falaz.
No habían ventanas en el lugar, cerrado como era hacía que el humo interfiera para respirar cómodamente, pero todos los presentes tenían un cigarro en la boca el cual sostenían con sus labios o sus dientes, señal que daba a pensar que yo era la única interesada en la famosa cuestión. No me importaba.  Salí a tomar aire por la puerta lateral que da al vecino, el que de medianoche dispara unos cuantos tiros con su rifle de aire comprimido hacia el cielo. Afortunadamente no lo crucé. No crucé más que a dos pequeñas lagartijas que se iban directo hacia unos tachos de basura recostados contra la pared, al lado de un portón pesado de rejas reforzadas. Hacía frío. Yo lo sentía. Sentía como las olas de brisa congelada atravesaban mis pulmones y contagiaban a los conductos que relacionan a estos con mi cuerpo para terminar retorciéndolo de dolor. . . después de temblar sin haber conseguido el calor, caminé hasta el pasillo que me conduciría otra vez, hasta la mesa redonda de gente fumadora.


Cuando penetro el hábitat de toda esa gente nadie advierte mi situación de haber regresado. Todos siguen ensimismados en su propio porvenir de fortuna de medianoche. Una de las pocas mujeres que había simula mirar detrás del hombre que estaba sentado a su lado y eso me pareció impertinente. Para que tanto simulacro, si al fin de cuentas se trataba de mi. ¿Qué acaso no se daba cuenta que perdía en personalidad y carácter fingiendo de tal manera? Estaba comenzando a ser muy puntillosa. Señal perfecta de que algo estaba por pasar.
Uno de los muchachos decidió sentirse mal, ya para las cuatro y media de la ya apesadumbrada madrugada. Calculo que lo decidió porque en el juego iba perdiendo. Yo no jugaba, era la única que miraba todo desde un sillón forrado en cuero al costado de un perchero viejo con terminaciones en fino bronce.
El juego era claro. . . una de mis debilidades. Pero mi acompañante esa noche solicitaba jugar por su cuenta, incitando con ideas raras, que yo no participara y que en lo posible genere una actitud de mala jugadora en el caso de interrogaciones casuales ya en el lugar.
En otros tiempos hubiese retozado y enojada me hubiese fugado por la tangente. Pero no podía dejar de comparecer a semejante pedido. Me sentía cómplice al menos en una mentira, que de cuerda hasta el momento no tenía nada, pero como la compartíamos, me hacía sentir privilegiada. Sentía que tenía algo de él, aunque sea un pedazo de su falacia, aunque sea un pedazo de su disfraz. Jugábamos con los personajes que creábamos en nuestra simultánea realidad, ficticia como aparentaba pero nos gustaba. Antes de ponerme rebelde y despotricar contra su voluntad, me fui por delante diciendo: ¡Absolutamente!


No había vuelta atrás, él era para mí el rey del mundo, y no había una mínima posibilidad de que alguien me lo contradiga.


Aburrida de analizar la forma de sostener las cartas de cada jugador, logro recordar que guardados en el cajón de una mesa antigua de salón, en la sala contigua a la nuestra, había una caja con habanos del año 1959, me levanto bruscamente para ir a buscarlos mientras más de la mitad de los jugadores me mira con los ojos alborotados. Me sonrojé. Evidentemente fue una actitud muy infantil, de esas que suelen salirme justo en los momentos menos oportunos. Entonces me filtro lo más rápidamente por el pasillo que me conduciría a mi objetivo.


Al regresar parecían haber todos olvidado mi ignominioso y reciente momento,  seguían sorbiendo tragos cortos de sus vasos y fumando de un solo humo, que terminaba en la lámpara que bajaba del techo hasta casi tocar la mesa. Hablaban poco del juego. El ambiente se tornaba tenso de a ratos, yo entendía bien que había gente que estaba perdiendo demasiado dinero.
Mi condescendiente no mostraba atención alguna sobre mí. Yo reposada sobre el único sillón alejado de la mesa lo miraba y buscaba su mirada, pero no comparecía él a mi pedido. Ya me ponía a dudar si otra vez mi actitud no era tal vez un poco infantil. Inmadura entonces, buscaba en qué transportar mi atención. Nada más que él sabía llamarme. Pero buscaba otra cosa. Un teléfono de discado bastante delicado supo detenerme algunos minutos, era rojo y tenía muchísimo brillo. ¡Quería llevarlo conmigo! Ya lo imaginaba en mi escritorio al lado de mis papeles.


Me sorprendía la tolerancia que con tanta paciencia estaba sosteniendo la mencionada situación. Mi complaciente acompañante no me miraba pero yo sabía muy bien que lo arreglaría todo con un beso de soborno. . . me tomaría muy fuerte de la mano, luego tomaría con fuerza mi cabello. Besaría mi cuello e intentaría lastimarme con algún sarcasmo ingenioso del cual sería yo su víctima incesante. Callaría, por el precio de cualquiera de sus sugestivas e interminables gotas de ironía. 


Continúa . . .

<<Es así, y debes mantener la mentira
aunque ellas se terminen también algún día,
y que solo la verdad es eterna>>