Un sueño tras
otro resumido en una sábana tendida sobre los pisos, como enterrada en las
cienes de la tierra, todo… hasta que te vuelva a encontrar.
Esa cosa que
pocas veces viene tan fácil, una chispita que cuando se lo ve venir, desde la
nuca se levantan los pelos, y nos hacen sentir inseguros, inseguros… hasta que
te encuentre.
Una copa de
vino, y ya estabas en mí, no ya en los pensamientos más adecuados, sino en
todos, hasta que te encuentro.
Cariño, como
a todos los que tienen la desgracia de cruzarse conmigo, desbordaré un
inimaginable abanico de premisas que desplieguen de mi imaginación, a la
fantasía más indómita y montaraz, indoblegable. La haré hasta hacerla caer en
pequeñas muestras de arte sin sentido. Creador y sublime. Ya quiero estar entre
tus brazos y verte a dos centímetros de mí, porque si, ¡porqué así! porque no
hay nada más hermoso que verte a dos centímetros de mi cuerpo. Soy
ingobernable.
(Voy a escribir algo primor, tené cuidado)
Luego recordar que es una carta
Cuando vemos a un hombre sin
hogar, un desdichado, muchos de nosotros pensamos instantáneamente que terminó
viviendo en la calle porque habrá hecho algo mal en su vida o será una mala persona.
Por esa razón, mucha gente no quiere darles dinero ya que piensan que el dinero
será usado para comprar bebidas alcohólicas o capaz, que hasta para cosas
peores.
¿Porqué es que la gente piensa
que estos estereotipos son reales? Yo no tengo la respuesta. Tenía veintipocos
años, y lo veía todo desde un cristal inocente, que no buscaba herir a nadie, sino
simplemente compartir el más banal de los propósitos: amar. Indómita frecuencia
la que me hizo seguir ese montaraz espectáculo, indoblegable. No quise
preguntar de donde venía ni adónde iba, señal de que algo marchaba mal. El no era
un vagabundo, desde luego que su estilo para vestir me hizo despedazar los
hilos de orgullo y la poca cordura que me quedaban atorados para volver a amar
a un hombre, desde mi último “desencuentro”. No quise preguntarle nada, ni su
edad, ni su nacionalidad. Aunque tenía la certeza de que era argentino. Empezaba el extraño presentimiento de que me estaba “resguardando”
las preguntas importantes para más adelante, pero después me di cuenta que eso
solo se llama cobardía. No pregunté a donde vivía, tampoco pregunté adonde íbamos
porque cada pregunta dicha en un mal momento, o peor aún: mal formulada, puede hacerte
perder hasta una guerra, y a veces (muchas veces), es mejor callar. Así que seguí
mirando al frente mientras el conducía su automóvil oscuro, y yo tratando de
dar la más segura de las impresiones y una impronta de dama fatal, egoísta y
superficial me servían de escudo mientras el tratase de investigarme.
Ya era hora de llegar a algún
lugar. Éramos prisioneros de la urbanidad y debíamos aislarnos en un techo
cómodo. Aunque ambos éramos bichos de ciudad, yo una fina mujer que apenas
tocaba con las puntitas de pie el cielo de la noche, él, un malhumorado del mal
hablar de los oyentes de una radio local de medio pelo, conducida por algún que
otro chantún o borrachín de comienzo de siglo.
Arribamos
hasta la entrada de una calle cortada, casi cerca de los suburbios, esos
barrios cerca de las trincheras que tienen alambres sobre la cerca y hay casas
de ladrillos, donde la basura se amontona durante varios días, donde los gatos
silvestres de cuentos de niños si existen, dibujados sobre tejados, aullando a
una extraña luna amarilla redonda sobre un cielo azul con humo y… estábamos a
un momento del límite: detuve mi vista en la alcantarilla que separaba la calle
de la casa para suspender por un momento tanta rapidez con la que se aproximaba
el momento. Los brillos del agua me hicieron suspenderme en la más honda de las
cúspides por las que deseaba nadar en ese instante, hasta que traspasar la
verja me hizo sentir que estaba nuevamente ahí, en el hechizo, hechizada.
Paralizada.
Entonces sonaba al swing de Un cobarde volviéndose salvaje en el
estéreo, quisieron quedar pegadas a mí las melodías del perdedor volviéndose un
salvaje, hasta que cuando estaba en el punto más alto de la cúspide de encanto,
él apagó el estéreo y abrió su portón mecánico con un aparatito manual con el
que controlaba toda la seguridad de la casa, incluidas alarmas y alambrado eléctrico.-
Al ver su extraño aparatezco bromeó
acerca de la seguridad de su casa, con la doble excusa no solo de manifestarme
que esa era su morada, y que allí era el lugar que habíamos encontrado para resguardarnos de esa tanta urbanidad, sino con la certeza de que era un hombre en extremo
calculador, y me lo estaba haciendo conocer, aunque el preferiría llamarlo “del
tipo práctico”.
Vivía solo. Yo intenté hacerme la valiente haciendo un comentario sobre la soledad, que en gran medida era verídico de mi puesto de batalla, pues pasaba grandes porciones de tiempo a solas, y no me molestaba en absoluto, incluso las veces que pasaba el tiempo con la gente percibía que estaba perdiéndolo. Quise quedar como algún tipo de gran cosa con ese comentario inaudito, y solo sirvió para que me contradiga: "la soledad no es buena, el solitario va quedando avaro, mezquino, el solitario no sabe compartir", aseguró. Hubo un quiebre. Yo me doblegué para seguir en la misma sintonía. Se parecía cada vez más a esos viajes a través del tiempo que abren las puertas a la posibilidad de gemelos malvados. Donde el clon maldito viene a complicar la vida, el amor, la existencia. Pero además, es un vocablo alemán Doppelgänger que denomina a estos seres salidos del mismo espejo de la casa del dueño. Un gemelo malvado es idéntico a uno, en todos los aspectos, excepto por una cosa: tiene tu moral invertida. Doble andante o doble fantasmagórico, de una persona viva. "Es aquel que camina al lado". En leyendas nórdicas o germanas, era un augurio de muerte, pero en mi lecho de paz y ectasis, él era mi otra mitad, era lo único que me separaba de los bárbaros, persas, nórdicos o sureños, que me importaba a mi. Yo quería una parcela del tamaño que mi cuerpo en comodidad horizontal junto a ese mi gemelo malvado, que tenía mi moral invertida.
En mi memoria
atestada de recuerdos había una habitación color ambarino, tenía como adornos
amuletos en plata de siglo pasado que solían servir para llamar la atención a
los invitados recién llegados al lugar, eran cosas de valor, ciertamente. Luego
de rebotar nuestra vista rápidamente sobre cosas sin importancia en la
habitación como paredes, muebles y algunas pinturas, las pupilas errantes de
lugar en lugar, al sentirse prácticamente intimidadas ante artículos de cierta
riqueza, sin querer mostrar un interés demasiado desmesurado hacia tantas cosas
costosas, y mostrando el equilibrio necesario, para no dejarlas pasar
desapercibidas, cual incipiente no conociere la historia y los tesoros de
valor. Un bastón de siglo XIX supo servir de punto aparte para nuestra visita a
ese lugar, me mostró un tubo fino, largo y oscuro, que sacó desde la oscuridad,
yo intuía que estaba bastante escondido, o me llamó la atención la extraña
dosis de “miedo” que poseía la situación de antemano, al esconder en un lugar
así una cosa de tal valor. Yo no había visto nunca un bastón de caballero, solo
en las películas como la mayoría de la gente común, que ya intuye que son cosas
caras, pero sobre todo, que tienen una historia detrás. Me explicó, en su juego
de palabras precisas, que éste no era un bastón común, me insinúo que lo
agarre, y cuando lo hice, me contempló con los dos ojos bien abiertos, diciendo
en un solo susto: ¡con cuidado! Sigilosamente lo tomé por la parte superior, y
el procedió a contarme que el mismo elemento que yo estaba sosteniendo, había
sido usado por los civiles hacían cientos de años, en tiempos donde el leviatán
no era cosa seria para tomar en la vida
del ilustre ciudadano de la época, y que debía de protegerse con un símbolo de
poder, como éste. Recordé que el rey Enrique octavo, se retrataba con un bastón
en la mano, porque esto le daba dignidad.
Será que era
este el afán de mi interlocutor en esa morada para con una pieza antigua tan
valiosa y dotada de tanta historia, me pregunté al instante en que despuntó su
inverosímil armadura, y escondí mi profunda mueca risueña de descortés ironía.
Al cabo de unas escaleras de pocos peldaños
una pieza de vajilla de plata hacía de adorno al lado de una estatuilla
modelada a mano, yo no tenía aún ninguno de mis conocimientos en arte
adquiridos años más tarde en la universidad, pero supe notarla modelada por el
perfecto desarrollo sensual del desenvolvimiento del cuerpo en la estática
figurilla femenina, que parece una bailarina, a pesar de estar inmóvil, una
pieza que me robó toda mi atención, ya que encontré allí una trampa de la vida:
como una estatuilla, se halla en un espacio ingenuamente inmóvil, y al ojo del
receptor, se transforma casi en un segundo,
en un ente lleno de movimiento y vida. La quietud se separa por un momento de
la materia, y se hace arte.
El me vio
entretenida demasiado tiempo, e hizo lo que hacía siempre, cada vez que me veía
entretenida con algo que me apasionaba: se frotó los ojos y tuvo una mueca de sobre
aburrimiento, como queriendo pasar a otra cosa, como cuando un alumno no sabe
la lección, y el profesor empieza a darse cuenta de que está perdiendo su
tiempo. Casi como una chiquilla, sopesando la resistencia que podría albergar
al caso, y la poca resiliencia de mi co-ciudadano ilustre, decidí serle
recíproca aunque quería seguir intentando descifrar más cosas del mundo de las
esculturas y de las artes, pero recordé lo que es básico, no fuimos ahí para
eso, no lo pensé más y me lancé a cual sea la próxima cosa que me estaba por
revelar, mostrar o contar, todo lo que provenía de mi exterior en ese momento
era como un constante “lujoso cinema”, caminó
con ese su paso firme, que todavía recuerdo su andar, y me tomó por los hombros,
hizo una especie de introspección como buscando qué era lo que me quería
mostrar, y buscó en su rostro la expresión que más se le parezca a “¡Ah, sí! ¡Pero
claro!” cual infortunio reciente que nos había puesto en situación embarazosa fue
soso, superficial y e incómodo innecesariamente.
Terminando de
subir los peldaños los espacios eran grandes, pero los objetos eran precisos: cada uno bien puesto y de gran
valor estético, dotaban de cierta carga energética al lugar, pero carecían de
toda vida, tal como esos objetos quietos que guardan el máximo de los silencios
impregnando respeto a cualquier escalón que se vaya subiendo en esa tempestad, como
utensilios esperando en un sótano lleno de polvo. Cerca del lavabo dos
vertientes de agua de donde emanaba también una especie de fulgor cual vapor
fuera embelleciendo esa parte de metro cuadrado, llenando los pulmones con
azafrán y perlas de las bellas damas de Beni-Mora, pueblito de no más de dos hectáreas
al sur del atrapante Sahara. Esa fuente mística me hizo cerrar los ojos, y
terminar el replanteo consiente que mediante tanto disimulo estaba haciendo a
través de los objetos que veía y analizaba.
En el espejo
del lavabo unas infantiles regaderas como juguetitos, de ornamento cargaban unas florecitas y piedras pequeñas de colores
diferentes y casi transparentes con las que hacían juego las cortinas del
ventanal de la espaciosa habitación, desde afuera se hacían ver mucho más
pálidas de lo que eran y, esas cortinas alimonadas con el piso de color cielo, convertían
a la escena en una incomparable mesura entre calidez y frialdad, cual un
degradado fuera pasando de colores en tonos totalmente imperceptibles los unos
de los otros a la vista. Un engaño tal vez, trampas de la mente. Es que no
logro entender por qué desde dentro todo se ve tan diferente, incluso con el
mismo par de ojos, todo sería diferente. El vecino nunca lo sabría.
Desearía quizás manipular algunas
de esas notas que quizás tu bien sabes mantener, mantener. Como a caudal en
cual todo lo que fluye es rigor como el mío.... amor. Sábeme bien.
Tu suplemento es el mío ya no
podemos ni siquiera escapar, sos mío como el paraíso a las olas del calor....
siento su cuerpo como si fuera el mío realmente y se siente tan bien, como el
mismísimo paraíso.
Entre las
idas y vueltas y entre los silencios y las palabras retenidas benditamente
resueltas te pregunté adónde te habías metido la noche del sábado del 14 de
julio de 1.964. Te pregunté como si el tiempo fuera excusa si habías completado
la noche en busca de alguien más, y sin material para exponerme te me fuiste de
las manos. Hubo gente que contestó mal, vaya que la hubo. Pero vos, vos me
respondiste como nadie hasta ahora. Esta carta podrá decirlo.
Porque, Cariño,
como a todos los que tienen la desgracia de cruzarse conmigo, desbordaré un
inimaginable abanico de premisas que desplieguen de mi imaginación, a la
fantasía más indómita y montaraz, indoblegable.
Martes, Septiembre 19-.
Se viene la elección de los
partidos que nos gobernarán por algún tiempo y seguirán escribiendo la historia
de nuestro país, incumbencia absoluta de nuestras rutinas y quehaceres durante
algunas décadas quizás las próximas y significantes cuarenta siguientes. Sin
hacer mucho, me voy deslizando sobre mis propias piernas, camino a la facultad
de humanidades, por las veredas esquivo algunos borrachines; errónea acción y
papel jugado para el tema del discurso político, cruzar esa vereda cuasi
groseramente cambiando de calle, miro, veo, leo, camino aún… me distraigo de lo
que me perturba, ni distingo de colores, partidos ni consignas, hay pancartas
por todos lados, he escuchado mil versiones de cómo hacer las cosas y las llevo
recopiladas, como un álbum familiar, hasta encontrar quien pueda narrarlo
como yo realmente lo desearía.
Al hacer referencia a la necesidad
de hacer, me refiero a crear, por extensión me refiero a la necesidad de inventar
otras formas de hacer las cosas. Al igual que en el amor, he buscado siempre a
aquél que las haga, como yo lo desearía.
Y me respondiste como nadie esa
mañana mientras hacíamos un viajecito corto en coche, mientras soñábamos con el
silbar de las gaviotas y el viento en la cara con un viaje poco más largo que
desembocaría en el mar, contiguo al puente de los candados; la promesa de
visitar Europa luego de dos estratégicos años al cambio de gobierno que proponías… sueños pautados luego de una
noche sin dormir, con olor al último cigarrillo aún en la boca mezclada con el
sabor a café azucarado y a la pasta dental utilizada para higienizarse al
partir, sueños acumulados entre dos de cara a la vida que nos brindaba tantas
ilusiones y tantas barreras, tantos sueños cerca del mediodía mientras el sol
rajaba las polleras de las mujeres morochas, rubias y pelirrojas que pasaban
por las calles cada que teníamos que detenernos, era menester la impresión: tenía
que brillar un rayo del sol sobre algún cabello, sobre el cuero de algún tajo o
zapato de mujer, cada chispa iluminaba la mueca del destino: la seña, una “marca”
identificatoria, que sirva de eslabón para unir toda la cadena… para descubrir la verdad, como si me estuviese convirtiendo en Holmes, y por consiguiente, la vida me estuviera ocultando algo. Esa marca
identificatoria bajo ese sol de diciembre que quema las pieles hasta hacerlas “brillar”.
Me contaste que estabas de un lado, a quién le importa cuál, con el que
marchaste y llegaste. Hasta incluso hiciste lo que desde acá, desde mi
distancia soñé con fuerzas: cruzaste líneas para ver desde allá y desde acá lo
que ocurría. Cruzaste líneas para comprobar el estado físico de los amigos en
ambas trincheras. Todo para estar vivo, eso me vacilaste.
Me quedé callada. Tanta ilustración de la probable hecatombe, que se me
estaba escollando en el pecho, estaba inmortalizándome al punto de desmoralizarme.
Quería hacer arder al maldito verano que se agolpaba por destruir mis sueños y
mis pocas ventajas de señorita.
Más mujeres aparecían y el piano
del Señor, solo seguía llorando su llegada de la noche. Pudieron ser las que
sea, porque nadie mide y las fotografías podían resultar demasiado intencionales,
ya la seña estaba impresa en la mente, reservadas la videografía y filmografía,
¿para qué? más servicio privado que un sancocho de domingo.
No acoté nada a esa lección de vida que
intentaba darme el “buen señor”. Quizá porque sólo he hablado con gente que
cree pertenecer a un solo lado del conflicto, gente que cree que sólo hay una
manera de ver y sentir al país. Vos fuiste un poco más allá. Cruzaste las
líneas de ida y vuelta porque tejes y tejes fino, porque bordas con el hilo una
bandera hermosa por la que nadie se pelearía. Esas líneas de barreras, que
algunos ven como murallas y nosotros vemos como la cuerda floja donde se
equilibran las tensiones que nos atormentan. Un sueño que pudiera bien hacerse
verdad. Seguían cruzando por la calle frente al coche amontonadas "las líneas
finas" en las que también se tejen combinaciones irreales entre ambición, libido,
paz, lealtad y deslealtad. Los animalitos silvestres trepando los tejados a
toda hora y las hormonas acoplándose para que parezca menos doloroso. A todo
esto ya era inconducente, como dijiste vos, inconducente la idea de una marca
más, juntos. Cada marca se iba materializando como dije en mi memoria y las
constantes subestimaciones que venían desde afuera de los vidrios (que “no se
limpian con las manos”, porque eso era trabajo del limpiaparabrisas –evidencia
esta situación que no lo usabas) eran contraste al paraíso que me contaminaba y
me ponía de espaldas al vidrio haciéndome ver una oscura habitación.
Hay que
votarlos en contra esta vez, me dijiste. Y me mostré en la absoluta sumisión
permitiendo siempre el talento del diálogo y te conocí tanto por el precio del
silencio. Por supuesto que tenía mi visión y nunca la mostré, por el precio del
silencio. Las decisiones políticas de un país no son cuestión de las que
reniegue una señorita de veintitrés años. Pero en mi arresto de emociones,
antes de descender al escalón de los tapujos, quise decirte que los números
estaban servidos, aunque los resultados pudieran variar, el número concreto pocas
veces se estima porque a nadie le ha interesado sincerar las cosas, porque a
ningún medio le ha interesado un relato cercano a la precisión.
Te quedaste pasmado. Vi tus dedos
inmóviles y con ganas de moverse, ya te picaban los ojos y por no acometer esa inquieta,
infantil e insegura manía en ese momento, no te frotaste los ojos, aunque
comenzaban a picarte las cejas y la parte superior de la nariz. Esquivaste la
mirada que la tenías ensimismada en la charla, y sobre el movimiento andaluz de
tus ojos, apareció al mismo tiempo en que clavaste la mirada fija a una
muchacha de rasgos indígena, que se paseaba con una falda corta y sandalias de
tiras rotas, sus pies estaban sucios, pero la mugre era fervor a los ojos de un
hombre pulcro, quien si no tiene nada que limpiar, no encuentra la pureza. Dialéctica
extraña para juzgar a alguien de un puñetazo. Y estamos votando en contra,
sugeriste. Yo escapé de mis tapujos y del silenciador que le puse a mis
emociones, y recordé la frialdad de mis antepasados anglosajones, la postura
perfecta para salir ilesa: la ingenuidad.
La seña para no ser tocada, un
detalle que en cuatro años de recopilación nadie me había relatado. El hombre
que conocía las historias que se pierden en la noche de los pueblos, y las
transmite ahí, justamente ahí en el anidado de tu pecho que contiene el aliento
que le da la vida para desparramar sus palabras que vienen como caudal
magnífico de su mente. Una dualidad perfecta entre la unión que se puede dar al
situar hombre y mujer, y sin decir más.
Los días se mancharon de un satinado
oscuro sobre el telón y se pintaron para jugar a la complejidad que ahora nos
agobia y nos apasiona.
Soy hija de las armas y he
decidido ser hija del fuego, que no corrompa en ti esa idea apacible de verme
tonta. Ingenua. He sido demasiado
mundana durante toda mi vida que cuando estoy entre esos tus brazos me siento
hechizada criatura. Seré en el nombre del cielo una flor que permita caricia y
suspiro. Ya no deseo si no hay deseo, me desvivo por el arte de buscar la
verdad.
Debo pedirte disculpas, pero mi
ausencia y mi desgracia por vivir en el interior del país me obliga a
reconstruirme en cuentos ajenos las cosas que han marcado a este país, como esa
fecha horrible de rupturas, excesos, locuras, gritos y silencios.
Después de un postre de
mascarpone, he recordado en un viejo restaurante lo odiosos de esos aullidos
lúgubres que han derrotado a los nuestros ya sin fuerzas, habiendo tenido
fuerzas. Eso me descifra, descifra mi dolor y me desnuda completa. Me deja con
las armas en el suelo.
He odiado por días interminables
el agobiante sonido de la noche llegar y he acentuado ese odio crudo aún más...
por las mañanas. El cantar de las aves ha hecho de mí un salvaje y la poca
tolerancia con la que deslizo mi devenir hacia esta inmunda cotidianidad me
hace menos hacia la naturaleza. La naturaleza misma de las cosas. De esas cosas
que vos bien sabías, y ahora anidan en la más tenebrosa de las abstenciones.
Tengo atravesados en nudos de la cabeza, corazón y garganta muchas historias de
esos días. Ya aquellos días. Muerte y dolor. Los hijos de la Patria. Rojos y carmín, carmesí. Pero se me atraganta en
la yugular uno de los tonos de tu voz, oh, esa tu voz! Y mis armas se caen al
suelo.
El premio no es para uno solo, te
dije. Y me respondiste como nadie, cariño. No es simplemente el hecho de tu
sonido, es la zozobra ilusoria en la que hace desvariar hasta la última de las
moléculas que me componen. Soy una triste canción, y el ritmo es orientado
hacia un juego reiterativo. Seré un bolero falaz y si me lo propusiera seré
silencio capaz, se me remunera el cuerpo si invento nuevamente una tregua para
mi muchacha.
Pero te pregunté y me respondiste
como nadie, cariño. Vos estuviste allí, muy cerca del fuego y la sangre…
estuviste tan cerca de mi sangre, la absorbiste, te llenaste de ella como un
vampiro y te alimentaste de mis energías. Vaya que lo notaba porque al dejarme
tu o abandonarte yo, estudiaba mi organismo y analizaba como la sangre
fluctuaba oscilante desde las plantas de mis pies a la cúspide mi cuerpo. Y no
sabes lo que me produjo en los ojos, mis ojos se apagaron. Revolví en la noche
un apagón que hizo un show de crimen donde pensé amarte cuando aún no lo hice.
El amor es cosa de los pobres corazones, y sumisa intenté creerte amar. Entre esa tu voz has dicho palabras que lastiman y
alejan. No te des por vencido que no matarías a un solo pez en este océano, yo
seré mar mientras vos seas tierra, pero mis armas están escondidas en el
subsuelo de mi olvido, donde doblegué mi alma me equivoqué para vivir una
historia más cada vez, y la batalla final será cuando ya no puedas herir.
Soy una extraña romántica, lo
siento. Me tembló el pulso reconocer una marca identificatoria. Creí ver en tu
interior una bandera hermosa, esa en la que se hilan los colores que escriben
mi memoria y sacuden mi alma de amor y delirio. Los hilos del equilibrio en los
que se teje la mesura de las decisiones. De cada decisión desde los silencios y
las cosas simples y más insignificantes. Esas tus decisiones, yo las conocía
todas. Antes de enamorarme de ti quizás yo las estaba amando a ellas, yo conocí
esa marca identificatoria y de ella me enamoré. De tu incluso mundana cabeza y
me tembló el pulso al reconocerme en tus pupilas, me vi y me noté con pocos
segundos cuerdos de vida.
En ese momento no temblé
realmente pensándote, sino algunas madrugadas después cuando revisaba fotos y
escritos sobre esos días. Luego, para acentuar el horror, reparé en dos chicos
brillantes de sudor de tés tostada y reluciente bajo el sol, contando entre
bloqueos y murmuraciones buscando el batacazo final, me sacudí cómo te zumbó el
plomo de cerca. Ambos tenían rayas de labial en el rostro. Fue allí que me
estremecí con el poco miedo que en ocasiones me aborda. La seña del
libertinaje, de la no lealtad. Tres peines en una habitación para dos. El tango
no se baila de a tres y un arete pendiendo de un cabello rubio al costado de la
sábana tendida sobre los pisos, como enterrada en las cienes de la tierra.
Corriste el riesgo de cruzar barreras y
ganaste una carrera contra la incomprensión que nos divide en buenos y malos.
Eso eras vos. Y ese era el premio que había por ser como vos. Me respondiste
como nadie, cariño, cuando te pregunté qué ganaba yo al darte un voto de
confianza, al amarte, al votarte y al enredarme con tu corazón: Me dijiste que no había
premio realmente, que eso era todo.
Tal vez sea retorcido o esté
lejos de la razón, pero me gustó algo de vos y me hiciste mucha más falta,
aunque no te conociera entonces. Lo viví desde tu presencia y lo volví a
revivir desde tu ausencia. Me desviví por vos. Esas tus decisiones tan
parecidas a las que el gentío acomete a la hora de decidir en una oscura habitación, en el cuarto oscuro. He de encontrar un
parecido entre ellas y conocerte: cualquiera de ambas se parece a una relación
de amor, algunos pierden y otros ganan, pero tu me respondiste como nadie: Hay que votarlos en contra, y yo no puedo ir en contra de mis fuerzas, de mi espacio para amar, y para armarme. Sería como dejar de amarte, y mi elección está primero. Vos dijiste que no había premio realmente. Y yo, yo soy ingobernable, mi corazón
es mudo, soy “inconquistable”. Algunas luces atraviesan mis pupilas y observo en
el reloj que es hora de dormir.
Por eso espero que llegue a su
doble destino esta carta de amor a tus marcas, porque sin ellas quién sabe si
hubiese conocido la realidad de hoy, la verdad, el mejor refugio para la paz del inquieto. Es
inevitable esta correspondencia. Amarte es más fuerte que un golpe de Estado o
un vacío de poder. Mis elecciones siempre estuvieron primero, cuando amarte no era una opción.
********
Pd: Aléjate de las cifras
infladas que dirán “quien la tiene más grande” o esas viejas mujeres gordas
seductoras que creen saberlo todo saboteando la suerte del hombre bueno y
quienes creen en la existencia del gentío. La muchedumbre poco tiene para
ofrecer cuando dos almas se saben conocerse al precio del silencio y de la
derrota. La política nos corroe desde cualquiera de nuestras vísceras. Si usted
quiere saber qué dice una mujer, no la escuche: mírela.