miércoles, 1 de mayo de 2013

Akelarre

Caballero Santino, el afortunado, dejó atrás toda su estructura de letrado, escritor de tristezas raquíticas culpas de un panorama dilatado. Convirtióse en pupilas animales, espantosamente gigantes, una apología cualquiera del terror, que se abanica con la avaricia, buceo constante, una suerte de trineo mecánico para así hallar una veloz escapatoria.

Dicen que su historia toda fue pura blasfemia, pero ahora eso qué importa, si hoy son menciones olvidadas.

Yo no creo que su obra sea simulada, en su gran cuento del rábano gigante jugaba a las damas con sirenas belicosas, guerreras de la luna. Les puso nombre y un lascivo espaldar a cada una, adornándolos con despampanantes lentejuelas de oro y naranja chillón que lucieron bien en un carnaval para pobres. Ellas enojadas por el fin del lujo y la vergüenza, escaparon en millas nómadas a planetas desocupados, y él se volvió golondrina para ir a buscarlas. Persigue eterno sobre un azul cobalto su viaje, pero la intriga sigue siendo la misma y volando sabe, hoy en su molino hay más viento que nunca.


El cafetero ya no vive, solo sueña y mientras despierta ya no vuela, aterriza mundano empedernido por la TV, rodeado por carteles de madera pintados en colores pasteles e insignias de gente que no conoce mientras se conduce sobre el asfalto.



Esos tiempos en tiempos pasados se han convertido








 

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