viernes, 8 de junio de 2012

La Rata


Adentro de la fábrica había un silencio. Las voces todavía apagadas resoplaban por los polvorientos pisos del lugar. Sabanas deshilachadas flameaban con una brisa quejosa de viento norte, desgarrándose sobre las sillas intactas y quietas. Entre grisáceos y pasteles se dilucidaban la tela de araña incrustada sobre restos de sustancias sobre las paredes, y el chillar de alguna que otra rata molesta, inmiscuida en lo más mínimo de cada porción de ese lugar.

Hubiera jurado que veía lúcidamente nuestro destino: una mesa redonda de medianoche jugar póker. Acompañados por interminable whiskey, humos y mucho oro. Por las paredes verde musgo, discos de vinilo acompañarían el adornado, junto a cuadros enmarcados en madera rústica, una foto muy antigua y una lámpara colgante. Un tocadiscos de los años sesenta haría la cortina de fondo de cualquiera de nuestros encuentros.
Una sombra negra apareció repentinamente, era grande y pesada. No se habían escuchado ruidos previos pero como nunca tardaba él en llegar, no me preocupé. Era, como lo sospechaba, él. Cuando llegaba era rápido en cualquiera de sus actividades, apurado y alborotado. Nada sobrio pero sincero, sincero al punto en que la honestidad molesta y hace ruido.


Después de sentarse la chaqueta era lo primero que despojaba de su cuerpo para apoyarla en el respaldo de una silla de madera sobre la que se sentaría durante toda la noche. Se acomodaba apoyando los codos sobre la mesa al costado de su juego contando sus fichas en un reojo embustero detrás de  su intento ingenuo en que nadie lo notara, dilucidando su panorama de juego falaz.
No habían ventanas en el lugar, cerrado como era hacía que el humo interfiera para respirar cómodamente, pero todos los presentes tenían un cigarro en la boca el cual sostenían con sus labios o sus dientes, señal que daba a pensar que yo era la única interesada en la famosa cuestión. No me importaba.  Salí a tomar aire por la puerta lateral que da al vecino, el que de medianoche dispara unos cuantos tiros con su rifle de aire comprimido hacia el cielo. Afortunadamente no lo crucé. No crucé más que a dos pequeñas lagartijas que se iban directo hacia unos tachos de basura recostados contra la pared, al lado de un portón pesado de rejas reforzadas. Hacía frío. Yo lo sentía. Sentía como las olas de brisa congelada atravesaban mis pulmones y contagiaban a los conductos que relacionan a estos con mi cuerpo para terminar retorciéndolo de dolor. . . después de temblar sin haber conseguido el calor, caminé hasta el pasillo que me conduciría otra vez, hasta la mesa redonda de gente fumadora.


Cuando penetro el hábitat de toda esa gente nadie advierte mi situación de haber regresado. Todos siguen ensimismados en su propio porvenir de fortuna de medianoche. Una de las pocas mujeres que había simula mirar detrás del hombre que estaba sentado a su lado y eso me pareció impertinente. Para que tanto simulacro, si al fin de cuentas se trataba de mi. ¿Qué acaso no se daba cuenta que perdía en personalidad y carácter fingiendo de tal manera? Estaba comenzando a ser muy puntillosa. Señal perfecta de que algo estaba por pasar.
Uno de los muchachos decidió sentirse mal, ya para las cuatro y media de la ya apesadumbrada madrugada. Calculo que lo decidió porque en el juego iba perdiendo. Yo no jugaba, era la única que miraba todo desde un sillón forrado en cuero al costado de un perchero viejo con terminaciones en fino bronce.
El juego era claro. . . una de mis debilidades. Pero mi acompañante esa noche solicitaba jugar por su cuenta, incitando con ideas raras, que yo no participara y que en lo posible genere una actitud de mala jugadora en el caso de interrogaciones casuales ya en el lugar.
En otros tiempos hubiese retozado y enojada me hubiese fugado por la tangente. Pero no podía dejar de comparecer a semejante pedido. Me sentía cómplice al menos en una mentira, que de cuerda hasta el momento no tenía nada, pero como la compartíamos, me hacía sentir privilegiada. Sentía que tenía algo de él, aunque sea un pedazo de su falacia, aunque sea un pedazo de su disfraz. Jugábamos con los personajes que creábamos en nuestra simultánea realidad, ficticia como aparentaba pero nos gustaba. Antes de ponerme rebelde y despotricar contra su voluntad, me fui por delante diciendo: ¡Absolutamente!


No había vuelta atrás, él era para mí el rey del mundo, y no había una mínima posibilidad de que alguien me lo contradiga.


Aburrida de analizar la forma de sostener las cartas de cada jugador, logro recordar que guardados en el cajón de una mesa antigua de salón, en la sala contigua a la nuestra, había una caja con habanos del año 1959, me levanto bruscamente para ir a buscarlos mientras más de la mitad de los jugadores me mira con los ojos alborotados. Me sonrojé. Evidentemente fue una actitud muy infantil, de esas que suelen salirme justo en los momentos menos oportunos. Entonces me filtro lo más rápidamente por el pasillo que me conduciría a mi objetivo.


Al regresar parecían haber todos olvidado mi ignominioso y reciente momento,  seguían sorbiendo tragos cortos de sus vasos y fumando de un solo humo, que terminaba en la lámpara que bajaba del techo hasta casi tocar la mesa. Hablaban poco del juego. El ambiente se tornaba tenso de a ratos, yo entendía bien que había gente que estaba perdiendo demasiado dinero.
Mi condescendiente no mostraba atención alguna sobre mí. Yo reposada sobre el único sillón alejado de la mesa lo miraba y buscaba su mirada, pero no comparecía él a mi pedido. Ya me ponía a dudar si otra vez mi actitud no era tal vez un poco infantil. Inmadura entonces, buscaba en qué transportar mi atención. Nada más que él sabía llamarme. Pero buscaba otra cosa. Un teléfono de discado bastante delicado supo detenerme algunos minutos, era rojo y tenía muchísimo brillo. ¡Quería llevarlo conmigo! Ya lo imaginaba en mi escritorio al lado de mis papeles.


Me sorprendía la tolerancia que con tanta paciencia estaba sosteniendo la mencionada situación. Mi complaciente acompañante no me miraba pero yo sabía muy bien que lo arreglaría todo con un beso de soborno. . . me tomaría muy fuerte de la mano, luego tomaría con fuerza mi cabello. Besaría mi cuello e intentaría lastimarme con algún sarcasmo ingenioso del cual sería yo su víctima incesante. Callaría, por el precio de cualquiera de sus sugestivas e interminables gotas de ironía. 


Continúa . . .

<<Es así, y debes mantener la mentira
aunque ellas se terminen también algún día,
y que solo la verdad es eterna>>