Las danzas te muestran historias más que en movimientos físicos.
¡Sé que te preocupabas por cómo movías tu cabello! Ese caos te llamaba y ahí estabas presente, bebiendo de la copa más rápida aún sabiendo lo que su duración haría a falta de un poco de corazón. Falto aún oscuridad para que todo dejase del todo de quedar plasmado en tu estrepitada mente, falto que te fueras un poco al costado para que todos tus sueños se desvanecieran del todo, faltó quizás que te pongas de pié una vez más para que te caigas, faltó dinero en tus bolsillos para que te dieses el lujo de observar la vida con lentes artificiales, y quizás te faltaron las gafas de sol para que veas de una vez el vacío en el que te sumergías al pasar por lejos de tu amoroso carril.
Distancias en el pasillo, cercanas pero irreales, no aparentes, despreocupadas, nervios inoportunos: matutinos. . . amaneceres ocasionales, almuerzos contados, bares de mala muerte, noches de prestigio alcohólico, vientres enteros pero despedazándose en cada célula de organismo. Ceguera, ceguera emocional. Emociones violentas pero ciegas, totalmente castas y descuidadas. Insolación, infierno, incapacidad, caer. Soñar, despertar, oír, palpar. Todo eso hacías con el correr de tu adrenalina portentosa.
Era soberbio el momento de verte equivocarte, movías la boca mil veces y revoleabas tu pupilas en la zozobra del error y la arrogancia, tu esqueleto todo parecía inmóvil pero era ahí donde te encontraba, las respuestas ya no eran tan impredecibles y si, te equivocabas una y otra vez y una y otra vez caías al abismo atiborrado de espacios morados, caías en tu mente como se desvanece una vida delante de los ojos del Señor. Nadabas y te gustaba tanto flotar ahí dentro, tus oídos eran la calesita que necesitaba toda tu sustancia, lo que negaba tu esfera, y podrías haber muerto miles de veces, eso lo sabías y lo creías.
Ya nada ayudaba para que vuelvas a sentir, tu ceguera aumentaba el poder que tenías sobre los demás para convencerte que la vida todavía solía traerse unos tintes rosa. Los calzones del monje para ti todavía estaban cocidos con hilos de ese color, seguías lejos.
Y danzabas tu caminar con los pasos de tu mente, y tu vientre intacto permanecía queriendo esperar, madurar, convertirse tal vez en flores y alimentarlas tal vez algún día soleado. Y cuando cruzabas la finca de la soledad estaba todo tan tremendo, con el alma asustada y sabia corrías a cualquier posta, te movías aunque casi no permanecías, casi no parecía importarte tu propio lenguaje, una fobia cautivaba tu columna vertebral y probabas la compañía artificial de los efectos de la madrugada. Ella te abrazaba y te contenía, gota a gota te encerraba orgullosa en su sed, y de ella salías ilesa y conmovida, prefiriendo el suelo de tus propios cristales que los dolores pasajeros, preferías ya, gritar por dentro que salir a rezarle a los astros. El rojo, el carmín y tu por siempre violeta una vez más agujereando tu rica pasión, buscándote en espejo que por doquier encontraras. . . el tumor bajaba y ya parecías no seguir acelerando tu cuerpo, por momentos. El azul, tus azules grisáceos y algunos grises pardos alimentaban tu fatal nostalgia, estrechándola con las ases estimuladas de tu desmemoriado destino, el frío chocaba con tu cuero ileso y eso te hacía sentir vida, quizás una maratón de esquizofrénicos estímulos propios acurrucaban tu existencia en esos momentos, quizás lo disfrutabas más que cualquiera, quizás la locura, después de todo, tu primorosa locura estaba allí para ser una forma más de inteligencia, pizca innata y un canal ingenuo para descubrir el mundo con los sentidos incautos previendo de simplemente, un minuto más de vida.
Distancias en el pasillo, cercanas pero irreales, no aparentes, despreocupadas, nervios inoportunos: matutinos. . . amaneceres ocasionales, almuerzos contados, bares de mala muerte, noches de prestigio alcohólico, vientres enteros pero despedazándose en cada célula de organismo. Ceguera, ceguera emocional. Emociones violentas pero ciegas, totalmente castas y descuidadas. Insolación, infierno, incapacidad, caer. Soñar, despertar, oír, palpar. Todo eso hacías con el correr de tu adrenalina portentosa.
Era soberbio el momento de verte equivocarte, movías la boca mil veces y revoleabas tu pupilas en la zozobra del error y la arrogancia, tu esqueleto todo parecía inmóvil pero era ahí donde te encontraba, las respuestas ya no eran tan impredecibles y si, te equivocabas una y otra vez y una y otra vez caías al abismo atiborrado de espacios morados, caías en tu mente como se desvanece una vida delante de los ojos del Señor. Nadabas y te gustaba tanto flotar ahí dentro, tus oídos eran la calesita que necesitaba toda tu sustancia, lo que negaba tu esfera, y podrías haber muerto miles de veces, eso lo sabías y lo creías.
Ya nada ayudaba para que vuelvas a sentir, tu ceguera aumentaba el poder que tenías sobre los demás para convencerte que la vida todavía solía traerse unos tintes rosa. Los calzones del monje para ti todavía estaban cocidos con hilos de ese color, seguías lejos.
Y danzabas tu caminar con los pasos de tu mente, y tu vientre intacto permanecía queriendo esperar, madurar, convertirse tal vez en flores y alimentarlas tal vez algún día soleado. Y cuando cruzabas la finca de la soledad estaba todo tan tremendo, con el alma asustada y sabia corrías a cualquier posta, te movías aunque casi no permanecías, casi no parecía importarte tu propio lenguaje, una fobia cautivaba tu columna vertebral y probabas la compañía artificial de los efectos de la madrugada. Ella te abrazaba y te contenía, gota a gota te encerraba orgullosa en su sed, y de ella salías ilesa y conmovida, prefiriendo el suelo de tus propios cristales que los dolores pasajeros, preferías ya, gritar por dentro que salir a rezarle a los astros. El rojo, el carmín y tu por siempre violeta una vez más agujereando tu rica pasión, buscándote en espejo que por doquier encontraras. . . el tumor bajaba y ya parecías no seguir acelerando tu cuerpo, por momentos. El azul, tus azules grisáceos y algunos grises pardos alimentaban tu fatal nostalgia, estrechándola con las ases estimuladas de tu desmemoriado destino, el frío chocaba con tu cuero ileso y eso te hacía sentir vida, quizás una maratón de esquizofrénicos estímulos propios acurrucaban tu existencia en esos momentos, quizás lo disfrutabas más que cualquiera, quizás la locura, después de todo, tu primorosa locura estaba allí para ser una forma más de inteligencia, pizca innata y un canal ingenuo para descubrir el mundo con los sentidos incautos previendo de simplemente, un minuto más de vida.
"Si fueras a patinar
por el delgado hielo de la vida moderna,
arrastrando tras de ti el silencioso reproche
de un millón de ojos bañados en lágrimas,
no te sorprendas cuando una grieta en el hielo
aparezca bajo tus pies.



