martes, 15 de marzo de 2011

La danza de los cerebros histéricos

Las danzas te muestran historias más que en movimientos físicos.
¡Sé que te preocupabas por cómo movías tu cabello! Ese caos te llamaba y ahí estabas presente, bebiendo de la copa más rápida aún sabiendo lo que su duración haría a falta de un poco de corazón. Falto aún oscuridad para que todo dejase del todo de quedar plasmado en tu estrepitada mente, falto que te fueras un poco al costado para que todos tus sueños se desvanecieran del todo, faltó quizás que te pongas de pié una vez más para que te caigas, faltó dinero en tus bolsillos para que te dieses el lujo de observar la vida con lentes artificiales, y quizás te faltaron las gafas de sol para que veas de una vez el vacío en el que te sumergías al pasar por lejos de tu amoroso carril. 


Distancias en el pasillo, cercanas pero irreales, no aparentes, despreocupadas, nervios inoportunos: matutinos. . . amaneceres ocasionales, almuerzos contados, bares de mala muerte, noches de prestigio alcohólico, vientres enteros pero despedazándose en cada célula de organismo. Ceguera, ceguera emocional. Emociones violentas pero ciegas, totalmente castas y descuidadas. Insolación, infierno, incapacidad, caer. Soñar, despertar, oír, palpar. Todo eso hacías con el correr de tu adrenalina portentosa. 


Era soberbio el momento de verte equivocarte, movías la boca mil veces y revoleabas tu pupilas en la zozobra del error y la arrogancia, tu esqueleto todo parecía inmóvil pero era ahí donde te encontraba, las respuestas ya no eran tan impredecibles y si, te equivocabas una y otra vez y una y otra vez caías al abismo atiborrado de espacios morados, caías en tu mente como se desvanece una vida delante de los ojos del Señor. Nadabas y te gustaba tanto flotar ahí dentro, tus oídos eran la calesita que necesitaba toda tu sustancia, lo que negaba tu esfera, y podrías haber muerto miles de veces, eso lo sabías y lo creías. 


Ya nada ayudaba para que vuelvas a sentir, tu ceguera aumentaba el poder que tenías sobre los demás para convencerte que la vida todavía solía traerse unos tintes rosa. Los calzones del monje para ti todavía estaban cocidos con hilos de ese color, seguías lejos. 


Y danzabas tu caminar con los pasos de tu mente, y tu vientre intacto permanecía queriendo esperar, madurar, convertirse tal vez en flores y alimentarlas tal vez algún día soleado. Y cuando cruzabas la finca de la soledad estaba todo tan tremendo, con el alma asustada y sabia corrías a cualquier posta, te movías aunque casi no permanecías, casi no parecía importarte tu propio lenguaje, una fobia cautivaba tu columna vertebral y probabas la compañía artificial de los efectos de la madrugada. Ella te abrazaba y te contenía, gota a gota te encerraba orgullosa en su sed, y de ella salías ilesa y conmovida, prefiriendo el suelo de tus propios cristales que los dolores pasajeros, preferías ya, gritar por dentro que salir a rezarle a los astros. El rojo, el carmín y tu por siempre violeta una vez más agujereando tu rica pasión, buscándote en espejo que por doquier encontraras. . . el tumor bajaba y ya parecías no seguir acelerando tu cuerpo, por momentos. El azul, tus azules grisáceos y algunos grises pardos alimentaban tu fatal nostalgia, estrechándola con las ases estimuladas de tu desmemoriado destino, el frío chocaba con tu cuero ileso y eso te hacía sentir vida, quizás una maratón de esquizofrénicos estímulos propios acurrucaban tu existencia en esos momentos, quizás lo disfrutabas más que cualquiera, quizás la locura, después de todo, tu primorosa locura estaba allí para ser una forma más de inteligencia, pizca innata y un canal ingenuo para descubrir el mundo con los sentidos incautos previendo de simplemente, un minuto más de vida.



 




  "Si fueras a patinar 
por el delgado hielo de la vida moderna,
arrastrando tras de ti el silencioso reproche 
de un millón de ojos bañados en lágrimas,
no te sorprendas cuando una grieta en el hielo 
aparezca bajo tus pies.

Unconscious Trip

Y para qué hiló en ella una mínima pizca de odio, ha surgido de su nuca una minúscula gota de transpiración hirviente que penetraba sus venas homenajeándolas con montañas de miedo de sí mismas, el sol empezó a helar y el tapizado de las sillas se ajaba con cada pedazo de vida que iba pasando por delante de sus ojos. Ni las estaciones del tiempo eran tan hermosas como el intenso odio vivo y crudo que se empezaba a presentir entre esas paredes, debajo de ése techo y por encima de esos suelos. Se estaba dando cuenta de que la existencia no era sino muestra de la brutal vulnerabilidad con que solemnemente había nacido y que con la mismísima delicada e indefensa sensación se iría de éste resistente mundo, dejando simplemente nada. Por que sabía bien que los recuerdos tienen más reputación de la que merecen, nunca son lo que se dicen y se van tergiversando a medida que acumulamos mas conocimientos, mas entendimientos, mas conciencia. . . más de esa famosa cosa llamada “experiencia”. La sabiduría ya no cumplía entonces ningún rol y era lo suficientemente frágil como para ser despedazada, pero lo suficientemente sólida como para ser intuida, entorpeciendo toda esa fantasía de tristezas y malestares raquíticos, esa vana sabiduría estaba haciendo posible que toda esa experiencia sea rara. . . pero real, veterana.



-We are condemned to freedom-


lunes, 14 de marzo de 2011

Rutinarios Estallidos de Vida



No sabía si era ella, o los efectos del calor, que todavía circulaban minuciosos por sus venas flácidas y vitales, pero ella seguía viendo el movimiento guardado. Casi como una fotografía, una tras otra seguía congelando esas imágenes, y ellas aún más inmóviles que nunca; las veía en movimiento, en vertiginoso cambio morfológico. Unas manchas movidas, unas líneas y algunas curvas. . .  No sabía si el destino del mundo había sido marcado por el destino mismo suyo, y se ponía a pensar en el tipo de cosas de las que nadie más se ocupa, como el presupuesto de un artista para abastecer sus trabajos, la cantidad de insectos que viven entre los cuerpos muertos de cementerios abandonados, la cantidad de latidos que su propio corazón podía llegar a ejecutar por minuto, y a veces, hasta por segundo. Y como si pasaran milenios, y como si no existiesen galaxias a millones de kilómetros de ese ser pensante, se hilaban melodías en el arte del espacio-tiempo que la envolvía a ella, ahí dentro, en esas quietas cuatro paredes.
   Y si yo te muestro mi lado oscuro¿Me abrazarás esta noche todavía?  


So cosmic


Y así será . . . de igual a igual

Las brasas de los amores no correspondidos.

La resequedad de las pieles. La de los falsos amores.

Bebiendo de su mismo aire, respirando de sus mismos sueños. Una artesana cualquiera de una mañana gris, desorbitante, solitaria, silenciosa, propietaria de peligrosos y longevos momentos: vino caliente y música temporales me acompañarán, mientras sola tome las riendas de la mañana que en carretera se ha transformado. Nada que haga o lo evite podrá hacer cambiar el ritmo que ya transita esta doliente noche; y es que puedo verlo todo claramente, veo las luces apagarse y las veo volver arrepentidas, escucho a los insectos debajo del catre y los siento entrometerse entre el piso, chocando con mi realidad, haciéndola más inoportuna de lo que se veía venir. Subsistencia, me dije, a la par de mi subconsciente, quien también buscaba lo mismo. Nada cambiará nada, en ninguno de los sentidos que sé ver, resta caminar en la aureola de lo que mis sueños me hacen componer. Planes. Decisiones tardías, batallas contra el destino, y uno que otro ronquido sonoro que me frote los músculos del pecho

Cuanto de inocencia es que habré perdido. . .antes revoloteaba en cada rama de árbol que se me cruzase.

Limbo

Y me duermo despacito a su lado, me duermo muy tiernamente escuchando las gotas atropellar mi techo. . .
-¿Salís?, me dijo. Y vuelve otra vez, fanfarroneando, y yo sigo sin saber para qué y porqué lo hace. . . una y otra vez ese paraíso infeliz tirándome sogas para que no me arroje al abismo, solo aún faltándome suspiros para aguantar el coraje de hacerlo finalmente. Ahora son las manos que están inútilmente atadas a mis brazos, las que te reemplazan, las que desentierran tu tumba, las que te reviven cada tanto despegando de esa tapa pegajosa y turbulenta, muerta pero fantasmal, esos restos tuyos que ahogan mis ojos con los olores que quedaron pegados por éstas paredes, aun mientras las mariposas comen del jarabe de flores, de jarrones viejos y olorosos en cementerios embrujados, en plena madrugada y debajo de lunas brillantes mientras grillos extraños y vulnerables adornan la noche con sus oportunos cantos delirantes y decadentes. Ahora es mi ombligo entonces, el único que habita mi cintura, mirando como siempre hacia la claridad del cuerpo lunar. . . Y lo rodea, como siempre debió haberlo hecho: mi piel. . . y lo abrigan con candentes soplos algünos susurros de viento que caen del ventiluz cerrado y roto. Danzo con ellos, los acaricio. Ellos parecen entenderme, y embriagarme. Después de minutos parecen incluso amarme, y eso me motiva a seguirme sumergiendo en esa pesadilla de ruidos y voces mezcladas con imágenes en pleno aire y moviéndose cazándose entre sí, deseándose, raspando y frotando sus superficies al mismo tiempo que gotas de sudor va marcando sus indefinidas formas. . .formando quién sabe qué realidades, para qué clase de mutantes, pero quizás mi mundo: un mundo en el que los humanos pierden la razón por algünos momentos. Y dejo absolutamente a obra de la suavidad de la música masajear mis hombros y regar mi nuca con sus delicadas manos. . . para ahogar mis penas con algo más traumático que el alcohol, o artificialidades más eficaces pero menos dañinas, tal vez. . . Ahora es ella mi musa y es ella mi luna, mi noche. Ella me abriga y me retiene de locuras, de sangrientos sueños de muerte relampagueante, de ruido entorpecedor de disparos, de imágenes bizarras de canillas de madrugada, de personajes caricaturescos deformes intentando sedientamente encontrarme, de flores carnívoras dentro de mi habitación comiendo mi cerebro por partes sin penetrarlo. Ella abusa de retenerme correr y recorrer desesperadamente los laberintos clandestinos de mi castillo rebuscando puertas traseras y cuadros secretos, llaves mágicas o pociones venenosas, escaleras tramposas o baldosas sin fondo. Ella me esconde, es mi güarida, mi preciosa hada.
Una nebulosa llovizna que no permite más que ver la multitud aún más lejos que lo habitual, una sonrisa infantil, que se confunde con las gotas que caen entre la parcimonia del tiempo, unos faroles que sueltan chispas por el efecto mojado del agüa a sus cables y esa es toda la vida del lugar; más vida que la que pueden contar las prostitutas esperando en la esquina a sus “pacientes” mientras siguen mojándose, enfermándose, dilatándose. . . marchitándose. Ya no tienen historias que contar, de hecho las que tenían se quedaron en camas ajenas y ellas se perdieron. Son tan sabias que ahora sonríen sutilmente: han agotado recursos y no encuentran felicidad, ahora pertenecen al resto de los sobrevivientes. Ya no son mágicas. Y será entonces. . . que lo mágico, ¿está en eso que no conocemos? . . . y más aún: ¿en aquello que se nos hace imposible conocer? Ellas están atravesadas por ciudades y por poblaciones, por generaciones y por décadas de tiempo incontables. Han perdido la gracia innata que habían traído al mundo y que era bueno que conserven sanamente. Entonces ellas son tantas que hacen a mi pensar saberse equivocado. Ellas simplemente son, nada las hace ser, nada las llama, nada las aturde. No hay reglas. Todos corren por su propia vida, cargando con ella y con sus respectivas soluciones. Entonces contentas de no saberse malas humanas: sonríen sutilmente. . . con ese aire que siempre llevan de personas dolidas, pero experimentadas. Desgraciadas, pero supervivientes. Mujeres en pecado, pero sin religión aparente.
Seguir caminando por esa plaza “vacía”. . . solo me acercaba a toparme con personas que seguían permitiéndome remitirme a la originalidad de la creatividad mental, al encuentro con conclusiones paradisíacas, con encuentros neuronales en descontrol. Nada me cohíbe entonces, nada me contiene limitándome, no me sujetan las ligaduras soldadas que había dejado la humillante frialdad de la solemne cercanía con la ruidosa y despampanante soledad. El mundo me escondía tantas verdades y yo estaba siendo su propio verdugo para rebatirle todo en sus propias tierras. . . una mundana señorita, estaba encontrando soluciones, al fin.

Me pregüntó, entonces: -¿Llueve?
-         A cántaros- le respondí.