Y me duermo despacito a su lado, me duermo muy tiernamente escuchando las gotas atropellar mi techo. . .
-¿Salís?, me dijo. Y vuelve otra vez, fanfarroneando, y yo sigo sin saber para qué y porqué lo hace. . . una y otra vez ese paraíso infeliz tirándome sogas para que no me arroje al abismo, solo aún faltándome suspiros para aguantar el coraje de hacerlo finalmente. Ahora son las manos que están inútilmente atadas a mis brazos, las que te reemplazan, las que desentierran tu tumba, las que te reviven cada tanto despegando de esa tapa pegajosa y turbulenta, muerta pero fantasmal, esos restos tuyos que ahogan mis ojos con los olores que quedaron pegados por éstas paredes, aun mientras las mariposas comen del jarabe de flores, de jarrones viejos y olorosos en cementerios embrujados, en plena madrugada y debajo de lunas brillantes mientras grillos extraños y vulnerables adornan la noche con sus oportunos cantos delirantes y decadentes. Ahora es mi ombligo entonces, el único que habita mi cintura, mirando como siempre hacia la claridad del cuerpo lunar. . . Y lo rodea, como siempre debió haberlo hecho: mi piel. . . y lo abrigan con candentes soplos algünos susurros de viento que caen del ventiluz cerrado y roto. Danzo con ellos, los acaricio. Ellos parecen entenderme, y embriagarme. Después de minutos parecen incluso amarme, y eso me motiva a seguirme sumergiendo en esa pesadilla de ruidos y voces mezcladas con imágenes en pleno aire y moviéndose cazándose entre sí, deseándose, raspando y frotando sus superficies al mismo tiempo que gotas de sudor va marcando sus indefinidas formas. . .formando quién sabe qué realidades, para qué clase de mutantes, pero quizás mi mundo: un mundo en el que los humanos pierden la razón por algünos momentos. Y dejo absolutamente a obra de la suavidad de la música masajear mis hombros y regar mi nuca con sus delicadas manos. . . para ahogar mis penas con algo más traumático que el alcohol, o artificialidades más eficaces pero menos dañinas, tal vez. . . Ahora es ella mi musa y es ella mi luna, mi noche. Ella me abriga y me retiene de locuras, de sangrientos sueños de muerte relampagueante, de ruido entorpecedor de disparos, de imágenes bizarras de canillas de madrugada, de personajes caricaturescos deformes intentando sedientamente encontrarme, de flores carnívoras dentro de mi habitación comiendo mi cerebro por partes sin penetrarlo. Ella abusa de retenerme correr y recorrer desesperadamente los laberintos clandestinos de mi castillo rebuscando puertas traseras y cuadros secretos, llaves mágicas o pociones venenosas, escaleras tramposas o baldosas sin fondo. Ella me esconde, es mi güarida, mi preciosa hada.
Una nebulosa llovizna que no permite más que ver la multitud aún más lejos que lo habitual, una sonrisa infantil, que se confunde con las gotas que caen entre la parcimonia del tiempo, unos faroles que sueltan chispas por el efecto mojado del agüa a sus cables y esa es toda la vida del lugar; más vida que la que pueden contar las prostitutas esperando en la esquina a sus “pacientes” mientras siguen mojándose, enfermándose, dilatándose. . . marchitándose. Ya no tienen historias que contar, de hecho las que tenían se quedaron en camas ajenas y ellas se perdieron. Son tan sabias que ahora sonríen sutilmente: han agotado recursos y no encuentran felicidad, ahora pertenecen al resto de los sobrevivientes. Ya no son mágicas. Y será entonces. . . que lo mágico, ¿está en eso que no conocemos? . . . y más aún: ¿en aquello que se nos hace imposible conocer? Ellas están atravesadas por ciudades y por poblaciones, por generaciones y por décadas de tiempo incontables. Han perdido la gracia innata que habían traído al mundo y que era bueno que conserven sanamente. Entonces ellas son tantas que hacen a mi pensar saberse equivocado. Ellas simplemente son, nada las hace ser, nada las llama, nada las aturde. No hay reglas. Todos corren por su propia vida, cargando con ella y con sus respectivas soluciones. Entonces contentas de no saberse malas humanas: sonríen sutilmente. . . con ese aire que siempre llevan de personas dolidas, pero experimentadas. Desgraciadas, pero supervivientes. Mujeres en pecado, pero sin religión aparente.
Seguir caminando por esa plaza “vacía”. . . solo me acercaba a toparme con personas que seguían permitiéndome remitirme a la originalidad de la creatividad mental, al encuentro con conclusiones paradisíacas, con encuentros neuronales en descontrol. Nada me cohíbe entonces, nada me contiene limitándome, no me sujetan las ligaduras soldadas que había dejado la humillante frialdad de la solemne cercanía con la ruidosa y despampanante soledad. El mundo me escondía tantas verdades y yo estaba siendo su propio verdugo para rebatirle todo en sus propias tierras. . . una mundana señorita, estaba encontrando soluciones, al fin.
Me pregüntó, entonces: -¿Llueve?
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