Adentro de la
fábrica había un silencio. Las voces todavía apagadas resoplaban por los
polvorientos pisos del lugar. Sabanas deshilachadas flameaban con una brisa
quejosa de viento norte, desgarrándose sobre las sillas intactas y quietas.
Entre grisáceos y pasteles se dilucidaban la tela de araña incrustada sobre
restos de sustancias sobre las paredes, y el chillar de alguna que otra rata
molesta, inmiscuida en lo más mínimo de cada porción de ese lugar.
Hubiera jurado
que veía lúcidamente nuestro destino: una mesa redonda de medianoche jugar
póker. Acompañados por interminable whiskey, humos y mucho oro. Por las paredes
verde musgo, discos de vinilo acompañarían el adornado, junto a cuadros
enmarcados en madera rústica, una foto muy antigua y una lámpara colgante. Un
tocadiscos de los años sesenta haría la cortina de fondo de cualquiera de
nuestros encuentros.
Una sombra
negra apareció repentinamente, era grande y pesada. No se habían escuchado
ruidos previos pero como nunca tardaba él en llegar, no me preocupé. Era, como
lo sospechaba, él. Cuando llegaba era rápido en cualquiera de sus actividades,
apurado y alborotado. Nada sobrio pero sincero, sincero al punto en que la
honestidad molesta y hace ruido.
Después de
sentarse la chaqueta era lo primero que despojaba de su cuerpo para apoyarla en
el respaldo de una silla de madera sobre la que se sentaría durante toda la
noche. Se acomodaba apoyando los codos sobre la mesa al costado de su juego
contando sus fichas en un reojo embustero detrás de su intento ingenuo en que nadie lo notara,
dilucidando su panorama de juego falaz.
No habían
ventanas en el lugar, cerrado como era hacía que el humo interfiera para
respirar cómodamente, pero todos los presentes tenían un cigarro en la boca el
cual sostenían con sus labios o sus dientes, señal que daba a pensar que yo era
la única interesada en la famosa cuestión. No me importaba. Salí a tomar aire por la puerta lateral que
da al vecino, el que de medianoche dispara unos cuantos tiros con su rifle de
aire comprimido hacia el cielo. Afortunadamente no lo crucé. No crucé más que a
dos pequeñas lagartijas que se iban directo hacia unos tachos de basura
recostados contra la pared, al lado de un portón pesado de rejas reforzadas.
Hacía frío. Yo lo sentía. Sentía como las olas de brisa congelada atravesaban
mis pulmones y contagiaban a los conductos que relacionan a estos con mi cuerpo
para terminar retorciéndolo de dolor. . . después de temblar sin haber
conseguido el calor, caminé hasta el pasillo que me conduciría otra vez, hasta
la mesa redonda de gente fumadora.
Cuando penetro
el hábitat de toda esa gente nadie advierte mi situación de haber regresado.
Todos siguen ensimismados en su propio porvenir de fortuna de medianoche. Una
de las pocas mujeres que había simula mirar detrás del hombre que estaba
sentado a su lado y eso me pareció impertinente. Para que tanto simulacro, si
al fin de cuentas se trataba de mi. ¿Qué acaso no se daba cuenta que perdía en
personalidad y carácter fingiendo de tal manera? Estaba comenzando a ser muy
puntillosa. Señal perfecta de que algo estaba por pasar.
Uno de los
muchachos decidió sentirse mal, ya para las cuatro y media de la ya
apesadumbrada madrugada. Calculo que lo decidió porque en el juego iba
perdiendo. Yo no jugaba, era la única que miraba todo desde un sillón forrado
en cuero al costado de un perchero viejo con terminaciones en fino bronce.
El juego era
claro. . . una de mis debilidades. Pero mi acompañante esa noche solicitaba
jugar por su cuenta, incitando con ideas raras, que yo no participara y que en
lo posible genere una actitud de mala jugadora en el caso de interrogaciones
casuales ya en el lugar.
En otros
tiempos hubiese retozado y enojada me hubiese fugado por la tangente. Pero no
podía dejar de comparecer a semejante pedido. Me sentía cómplice al menos en
una mentira, que de cuerda hasta el momento no tenía nada, pero como la
compartíamos, me hacía sentir privilegiada. Sentía que tenía algo de él, aunque
sea un pedazo de su falacia, aunque sea un pedazo de su disfraz. Jugábamos con
los personajes que creábamos en nuestra simultánea realidad, ficticia como
aparentaba pero nos gustaba. Antes de ponerme rebelde y despotricar contra su
voluntad, me fui por delante diciendo: ¡Absolutamente!
No había vuelta
atrás, él era para mí el rey del mundo, y no había una mínima posibilidad de
que alguien me lo contradiga.
Aburrida de
analizar la forma de sostener las cartas de cada jugador, logro recordar que
guardados en el cajón de una mesa antigua de salón, en la sala contigua a la
nuestra, había una caja con habanos del año 1959, me levanto bruscamente para
ir a buscarlos mientras más de la mitad de los jugadores me mira con los ojos
alborotados. Me sonrojé. Evidentemente fue una actitud muy infantil, de esas
que suelen salirme justo en los momentos menos oportunos. Entonces me filtro lo
más rápidamente por el pasillo que me conduciría a mi objetivo.
Al regresar
parecían haber todos olvidado mi ignominioso y reciente momento, seguían sorbiendo tragos cortos de sus vasos
y fumando de un solo humo, que terminaba en la lámpara que bajaba del techo
hasta casi tocar la mesa. Hablaban poco del juego. El ambiente se tornaba tenso
de a ratos, yo entendía bien que había gente que estaba perdiendo demasiado
dinero.
Mi
condescendiente no mostraba atención alguna sobre mí. Yo reposada sobre el
único sillón alejado de la mesa lo miraba y buscaba su mirada, pero no
comparecía él a mi pedido. Ya me ponía a dudar si otra vez mi actitud no era
tal vez un poco infantil. Inmadura entonces, buscaba en qué transportar mi
atención. Nada más que él sabía llamarme. Pero buscaba otra cosa. Un teléfono
de discado bastante delicado supo detenerme algunos minutos, era rojo y tenía
muchísimo brillo. ¡Quería llevarlo conmigo! Ya lo imaginaba en mi escritorio al
lado de mis papeles.
Me sorprendía la tolerancia que con tanta paciencia estaba sosteniendo
la mencionada situación. Mi complaciente acompañante no me miraba pero yo sabía
muy bien que lo arreglaría todo con un beso de soborno. . . me tomaría muy
fuerte de la mano, luego tomaría con fuerza mi cabello. Besaría mi cuello e
intentaría lastimarme con algún sarcasmo ingenioso del cual sería yo su víctima
incesante. Callaría, por el precio de cualquiera de sus sugestivas e
interminables gotas de ironía.
Continúa . . .
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| <<Es así, y debes mantener la mentira aunque ellas se terminen también algún día, y que solo la verdad es eterna>> |

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