Se pone como un vicio, ésta dócil
tarea de pensarte bajo incansables dosis de ataduras y complicaciones. Se pone
suave cada vez que pienso en dejarte, la noche que en trasnoche se ha
transformado. Compilaciones de temblores bajo mis brazos, buzones en espera en
la vereda de mi vecindario calmo y despoblado, polvoriento.
Algunos transeúntes concurren por
el lugar marchitándo la espera. Las gotas prometedoras hacen a la espera seguir
esperando y la utilería de futuras esculturas poseen el valor de dejarme con
una latente nostalgia de no atraparlas para concretar trabajos de arte y
belleza intrínseca en la materia pura.
Me he convertido en una ladrona
cualquiera de tu esencia tras la lejanía del anhelo. He de pensar en cualquier
trampa de tu mente, sabotaje. He perdido hasta las estrellas intentando
reflejar al menos mi pensar, y he transitado cuartos de hora al compás de un
humo manipulador, inquietante y repentino, mientras vos, desde el otro lado,
muy a mi pesar, no hacés otra cosa que mentirle a tu propio yo, creyendo en
ella, cuando dice que lo dejará todo por un último beso, por un último adiós.
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