« Nunca desistas de un sueño.
Sólo trata de ver las señales que te lleven a él. » P. Cohelo.
El robo de moras inmaduras en el
fresco y las temblantes rodillas al filo del miedo siempre le recordaban a su
niñez, el aroma de algunos árboles sin nombre y arbustos pequeños, le hacían
asomarse de un tirón a esos días en que todo era tranquilidad, donde no habían
nieblas, pero por sobre todo, donde todo era inocencia y no existían locuras,
no existía de ningún modo y por supuesto, ése amor. En ese tiempo escuchaba las
aguas del arroyo caer sobre el pedregullo y todos esos sonidos seguían siendo
cálidos a pesar de las altas horas de madrugada en que se iba ella a
apreciarlos, en el oscuro fondo, entre los árboles y sobre los pastos crecidos,
esos artes de la naturaleza le hacían conseguir la paz que ella tanto buscaba.
La oscuridad era quebrada por momentos, por el cantar de alguna que otra ave
nocturna, cosa que solía llenarla de escalofríos. . . y sin embargo esto la
apasionaba. Porque escuchaba a los
sonidos todos separados. Cuántos recuerdos permanecían adentro de ella, y
cuántos tantos intentaba cubrir con su oscura y delicada exquisitez.
Acostumbrada a tener que
abandonar ese acogedor frío de invierno, llegaba la hora de atravesar las dos
plantas de limón, el lavadero, la planta de naranja, y por fin, hacer un
sacrificio sobrehumano por no hacer demasiado ruido al abrir la puerta, para no
despertar a nadie que no lo deseara. Entrometerse entre sus congeladas sábanas
le dejaba saber lo inolvidable que se estaban volviendo esos paseos por el
monte del fondo, en la madrugada.
Después de todo ese tiempo, allí,
sumergida. . . ya no quería abandonar esa importante habitación . . . En esa
habitación había descubierto muchas cosas, cosas importantes . . .como las que
los mortales no pueden nunca entender, que los fantasmas se escurren por las
paredes, Que los sonidos pueden masajear hasta a la más fuerte roca, que los
ojos pueden estar abiertos, y ello que no quiere decir que estén mirando . . .
que el tiempo es solo una medida, una frecuencia de una parcimonial medida
posiblemente real . . . y que las distancias. . . Bueno, que son distancias.
Se dio cuenta de que los
recuerdos, con el tiempo. . . van tomando la forma que nosotros le damos. . .
que los famosos faroles que nunca debieron ser, simplemente se van apagando, se
olvidan. Indagó sin querer en tantas de estas desinteresantes cosas, que por
momentos se quedó pegada a ellas. Vigilaba constante, como la libertad iba
formando parte significativa y absoluta, de su ya trascendental existencia. Ya
no había materialidad que la rodeara, ella era un ser repleto de sustancias
movedizas. Ya no habían objetos, y la relación espacio–tiempo hacía ya algunos
momentos que se había desvanecido. Ya no una imaginación artificial buscando un
algo que sin dudas no encontraría, no buscaba abrazos de domingo, no buscaba
los grises de los periódicos, no buscaba elefantes en las nubes. . . Era todo
muy nuevo, y ésta vez ella no buscaba nada, solo se sorprendía. Ahora se
contentaba que las supuestas confusiones mentales, de algún modo, y en algún
puerto la llevaron a tan asombrosas conclusiones, eran sencillas, entendibles,
un poco tensas por lo abigarrados que se estaban poniendo las redes de
información en esa virginal matriz, pero eran conclusiones estables, vitales. .
.
Sin impulsos, pero con voluntad,
ella seguía consiguiendo no querer moverse, se sentía mediocre, porque pensaba
que mas de una persona habría de haber sentido desfallecerse en una cama, en un
momento de nostalgia y soledad, sobre
todo pensaba que deberían haber mas camas de hospitales, los días domingos . .
. sobre todo los domingos de humedad, y sobre todo al atardecer. Y seguía
sacando sus conclusiones. . . pensaba que la gente se siente triste los
domingos, porque éste marca el paso del tiempo a nivel muy inconsciente en
ellas, pero es tan veraz, que los inconscientes despiertan, y se alteran. . .
Así manifestando depresión, cansancio y muerte.
No tenía miedo
a las dificultades: lo que la
asustaba era
la obligación de tener que
escoger un camino.
Escoger un camino significaba
abandonar otros.
Agosto 2010
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Caminaba un camino de incierta meta. Como siempre he gustado de caminar, cambiaba de rumbo, tomaba atajos, senderos donde las plantas silvestres rosaban mis piernas y las flores dejaban sus pétalos como letras bajo mis plantas. Qué apremiante es caminar, más allá del destino, si es que lo hay. Bueno, tal vez eso sea otra cosa.
ResponderEliminarQué rico leerte y llenarse la noche de tus acentos y comas, estrellando los puntos y aparte. Aparte, un camino. Besos!!
Por tanto, gracias! Es mucho para cualquiera saberse existente y mucho más si las pupilas mutantes del interlocutor resultan acometer el mismo atajo que uno en esos caminos. Un camino paralelo, me genera una clara gratitud. Ya lo leo.
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