miércoles, 16 de noviembre de 2011

Mosquitos


Nada cambiará nada. Se llamaba Melissa y estaba allí para quedarse. Marcharía el día de su cumpleaños, por eso el tiempo ya mucho no importaba, era un detalle menor que antes no se olvidaba, pero ahora, incorporado al sudor, se hacía ver con mayor claridad. Era diciembre. . . diciembre de sol y bebidas refrescantes.
Calmo como el ocaso recién saboreado, como las brisas apuradas rascando la ventana de la cocina, ardiente como los primeros rayos de luz que se asomaban, volvían los pensamientos de olvido y de insulsez. Sueños in calculados y revividos noche tras noche solo hacían desparramar las vacantes agujas del reloj en un solo desasosiego. . .  los reproches en la metacomunicación deseaban volver, pero el instinto los hacía regresar por la misma puerta por la cual habían entrado.
Habían fideos en el almuerzo, y el mal humor aumentaba. . . la dama se hacía conocer y la resignación se ponía cómoda en el lugar que iba ocupando, generando iprocresía, inventando amistades de buen sabor. Anillo al dedo, pero inoportunas. Escuchar más al corazón seguía siendo una asignatura pendiente, fijar la atención en el devenir también lo era. . . Pertenecer  y valorar era todo lo que importaba, momento a momento caminando por la recta de la maldita calle Mitre lo iba vacilando, titubeándolo. La memoria ya no ayudaba porque Melissa no la poseía tanto como aparentaba. Conversarlo tampoco haría ninguna magia en mi, algo estaba pasando y yo lo descubría . . . mi inmadurez se desvestía fresca y adolescente, como bien la conocía. . . . ¡Y a nadie le importaba!
No era el amor por Melissa lo que desesperaba, porque aún era temprano . . . para amar. Solamente habían afectos y se hablaba de ricos rumores tempranos . . . no la temprana edad en que el día se iba deslizando, sinó la prematura cotidianidad entre su ser y el mío. . . siempre llegaba después del último cigarrillo, señal de lo inoportuna que la relación se ponía. . . extrema como me gustaba, pero insípida, sosa y desaborida. Siempre en soledad después de cada cigarro maldecía cada semáforo, la preocupación no existió ni siquiera en el principio, pues era divertido disfrazar los sentimientos con cariño para alimentar un corazón abastecido de embriaguez afectiva. Colores a su vida no le faltaban y ahí me encontré: Sobrando en cada canción y en cada silencio. La palabra intentar ya no era una de las favoritas dentro de mi placard, porque el tamaño del suyo aumentaba su ego como una roca a la que nada toca, cuando el mar flota sobre las rocas y él no las siente el mundo se pone triste, así que mi destino marchaba airoso hacia la más cercana salida de emergencia.
Los afectos ya no cumplían entonces ningún rol, eran demasiado frágiles como para ser programados. . . pero lo suficientemente respirados como para ser vividos y experimentados. El humo se disipaba y me recordaba tanto a la rapidez con la cual lo hacía su perfume que por barato se iba con el viento y corría atrás de la primera flor para contagiarse.


Mosquitos de medianoche. . . ¡paga!

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