Nada cambiará nada. Se llamaba
Melissa y estaba allí para quedarse. Marcharía el día de su cumpleaños, por eso
el tiempo ya mucho no importaba, era un detalle menor que antes no se olvidaba,
pero ahora, incorporado al sudor, se hacía ver con mayor claridad. Era
diciembre. . . diciembre de sol y bebidas refrescantes.
Calmo como el ocaso recién
saboreado, como las brisas apuradas rascando la ventana de la cocina, ardiente
como los primeros rayos de luz que se asomaban, volvían los pensamientos de
olvido y de insulsez. Sueños in calculados y revividos noche tras noche solo
hacían desparramar las vacantes agujas del reloj en un solo desasosiego. .
. los reproches en la metacomunicación
deseaban volver, pero el instinto los hacía regresar por la misma puerta por la
cual habían entrado.
Habían fideos en el almuerzo, y
el mal humor aumentaba. . . la dama se hacía conocer y la resignación se ponía
cómoda en el lugar que iba ocupando, generando iprocresía, inventando amistades
de buen sabor. Anillo al dedo, pero inoportunas. Escuchar más al corazón seguía
siendo una asignatura pendiente, fijar la atención en el devenir también lo
era. . . Pertenecer y valorar era todo
lo que importaba, momento a momento caminando por la recta de la maldita calle
Mitre lo iba vacilando, titubeándolo. La memoria ya no ayudaba porque Melissa
no la poseía tanto como aparentaba. Conversarlo tampoco haría ninguna magia en
mi, algo estaba pasando y yo lo descubría . . . mi inmadurez se desvestía
fresca y adolescente, como bien la conocía. . . . ¡Y a nadie le importaba!
No era el amor por Melissa lo que
desesperaba, porque aún era temprano . . . para amar. Solamente habían afectos
y se hablaba de ricos rumores tempranos . . . no la temprana edad en que el día
se iba deslizando, sinó la prematura cotidianidad entre su ser y el mío. . .
siempre llegaba después del último cigarrillo, señal de lo inoportuna que la
relación se ponía. . . extrema como me gustaba, pero insípida, sosa y
desaborida. Siempre en soledad después de cada cigarro maldecía cada semáforo,
la preocupación no existió ni siquiera en el principio, pues era divertido
disfrazar los sentimientos con cariño para alimentar un corazón abastecido de
embriaguez afectiva. Colores a su vida no le faltaban y ahí me encontré:
Sobrando en cada canción y en cada silencio. La palabra intentar ya no era una
de las favoritas dentro de mi placard, porque el tamaño del suyo aumentaba su
ego como una roca a la que nada toca, cuando el mar flota sobre las rocas y él
no las siente el mundo se pone triste, así que mi destino marchaba airoso hacia
la más cercana salida de emergencia.
Los afectos ya no cumplían
entonces ningún rol, eran demasiado frágiles como para ser programados. . .
pero lo suficientemente respirados como para ser vividos y experimentados. El
humo se disipaba y me recordaba tanto a la rapidez con la cual lo hacía su
perfume que por barato se iba con el viento y corría atrás de la primera flor
para contagiarse.
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| Mosquitos de medianoche. . . ¡paga! |

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